El coste de la indolencia

Autor:

Hugo Rius

Así como nuestro país actualiza con rigor los enormes perjuicios que sigue causando el criminal bloqueo impuesto por Estados Unidos, si alguna vez se pudieran contabilizar los daños derivados de las indolencias propias, estoy convencido de que arrojaría un alto coste.

Según la acepción el indolente es aquel o aquella que no se afecta o conmueve, insensible al dolor ajeno. Al menos comporta un modo de conducirse hacia las necesidades, intereses y aspiraciones de los demás que vemos proliferar con inquietud en las tramas de la vida económica y social y hasta en las interrelaciones humanas.

En insondable pozo caeríamos todos de generalizarse la indolencia ante el enfermo cuya sobrevivencia pende de la oportuna asistencia médica, el maestro indiferente a la adecuada formación integral de sus pupilos o al fraude promocional, los productores a las normas tecnológicas de la debida calidad y el dispendio despilfarrador de recursos, autoridades frente a injusticias e ilegalidades palpables, funcionarios venales a quienes resbalan la empinada cuesta por la que transita la población en tortuosos trámites.

Ni mucho menos hasta ese punto sin retorno hemos llegado, por fortuna, pero podemos acercarnos indefectiblemente sin  llamarnos a capítulo, y de continuar  bajo la cobija egoísta e irresponsable de que «ese no es mi problema».

Cuando lo escucho con indeseable frecuencia experimento la desagradable sensación de tener ante mí a sujetos que al parecer intentan vanamente reducir el mundo hasta el límite de sus narices, protagonizando un imposible Robinson Crusoe encaracolado en sí mismo.

¿Cómo aceptar que no sea también el problema de cada uno el que enfrentan los demás? Al final, permaneciendo indiferentes e inconmovibles terminaremos compartiendo por igual injusticias, maltratos, abusos, arbitrariedades, empobrecimiento causado por indisciplinas, corrupción y delitos económicos.

La vida social transcurre entre vinculantes redes de estrechas interacciones y dependencia de las que nadie puede sustraerse, y lo que cada cual deje de hacer por desinterés y apatía, a la larga o la corta se revierte en contra de quienes se desentienden del problema porque «no es el mío».

Con este modo de contemplar los hechos detrás de la barrera terminamos reducidos a meros espectadores asombrados y resignados, proclives a aceptar sin intervenir que se imponga el imperio de la incompetencia, el saqueo de recursos, el vandalismo, la indisciplina, y la vulgaridad con su violencia verbal cotidiana, por solo citar algunas manifestaciones  ante las cuales muchas veces torcemos la cabeza creyéndonos impotentes. Al final, uno se convierte cómplice por omisión, con la suicida actitud de dejar hacer.

Bien es verdad, asimismo, que la indolencia ciudadana tiende a nutrirse cuando identificados focos responsables de reiterados incumplimientos de deberes en esferas administrativas e institucionales, bajo insuficiente control, permanecen actuando así más tiempo de lo tolerable, ocasionando entuertos, que a las bien fundamentadas quejas ciudadanas, incluidas en los medios de comunicación pública, responden  hasta el hartazgo con un arsenal de justificativas palabrerías acuñadas sin que «nada pase».

Sentida preocupación del Partido y las demás fuerzas comprometidas en el mejoramiento y bienestar de la sociedad de desarrollo sostenible que requiere conjuntamente del involucramiento activo e infaltable de cuantos somos inevitables protagonistas frente a lo que nos retrasa y estanca.

La indolencia ante el mal proceder, la chapucería y la impunidad tiene un coste incuantificable cuando entraña pérdidas de lo que llamamos valores, muchos de los que forjaron esencias de cubanía entre las que destaca la disposición de combatir lo combatible.

Qué pasa, compatriotas.

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