La caja negra de lo inteligente

Autor:

Juan Antonio García Borrero*

Arthur C. Clarke, el célebre autor de 2001, una odisea espacial, anotaría en algún momento: «Toda tecnología lo suficientemente avanzada, es indistinguible de la magia». Esto tiene mucho que ver con la cada vez más creciente tendencia a «cajanegrizar» los éxitos de la tecnología más reciente, o lo que es lo mismo, fijarnos apenas en las utilidades más prácticas, sin percatarnos de la complejidad de eso que conforma el dispositivo en su interior, la cual queda en una suerte de caja negra que la hace invisible, opaca.

Así, podemos adquirir en el mercado un teléfono inteligente de última generación y desentendernos de todo lo que tenga que ver con su funcionamiento: al final, puede quedar la penosa sensación de que los teléfonos sean más inteligentes que quienes los usan. Y consolidarse una paradoja donde advertimos que mientras «más inteligente» el dispositivo, más a merced de los prejuicios, el oscurantismo tecnológico, el pensamiento mágico delegado en las máquinas, quedaría el usuario de esas herramientas.

Aquí lo de la inteligencia no tendría que ver exactamente con esa facultad que describe las posibilidades que tiene el ser humano de razonar, discernir, tomar decisiones a partir de lo aprendido, sino que se trata de una etiqueta secuestrada por el mercado donde el adjetivo Smart se convierte en parte de una identidad comprada (no construida con nuestros propios esfuerzos).

El lado oscuro de esto que menciono se nota de inmediato con el comportamiento cada vez más estandarizado de la gente cuando se mueve en sociedad. No es que las nuevas tecnologías estén inventando la impersonalidad en el comportamiento público, toda vez que ya Heidegger, en su exhaustivo Ser y tiempo había logrado describir esas maneras en que, sin darnos cuenta, nos entregamos al Uno y actuamos de acuerdo con lo que nos dictan las reglas invisibles del estar junto a los otros. Pero sí parece evidente que mientras más proliferen esos artefactos «inteligentes», diseñados por unos pocos para el consumo de muchos, el riesgo de que esa impersonalidad crezca parece inevitable.

Tampoco es que piense que los individuos seamos sujetos absolutamente pasivos, a los cuales nos consiguen domesticar a través del uso de estos artilugios. Siempre que los individuos utilizamos algo, lo estamos poniendo en función de intereses que forman parte de nuestra necesidad más íntima.

Donde tendríamos que luchar, sobre todo si hablamos de políticas públicas, es en impedir que nos embauquen con las falsas necesidades que esta inteligencia artificial pudiera hacernos creer que es la más legítima. Es decir, los entes públicos están en la obligación de crear escenarios en los que sea posible practicar lo alternativo: no ir contra la tecnología, sino ponerla en función de esos intereses comunitarios que, a la larga, ayudarían a desarrollar la nación. Y sobre todo estimular lo que los situacionistas en su época nombraban detournement (tergiversación), a través del cual tergiversaban con un sentido crítico el uso propuesto por el mercado, enriqueciendo la capacidad creativa de los consumidores.

Si nos guiamos por la definición de Clarke que citaba al principio de este texto, vivimos en una época de franca regresión al pensamiento mágico. La proliferación de tecnologías cada vez más avanzadas posibilitará que una buena parte de la humanidad relegue las explicaciones científicas a la caja negra donde esconde todas sus incertidumbres, entregándose a un culto de lo práctico donde solo tiene utilidad lo que se puede usar ahora mismo. Y eso, pensando desde lo público, no es precisamente lo más inteligente.

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