Pasión y poder

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

La asamblea empieza, como es tradición, cantando el Himno Nacional, que suena más dulce acompasado por voces infantiles. Aunque hay menos gente de la esperada, al menos están todas las casas representadas y el delegado empieza a rendir su informe.

Este es su tercer mandato. En el vecindario lo conocemos bien, y saboreamos las pinceladas iniciales de información general sobre el país, la ciudad y el municipio, mientras afilamos los labios para el momento de plantear quejas o sugerir mejoras comunitarias.

Pero un joven recién mudado a la cuadra no domina esa rutina, y cuando Julio toca un tema sensible le interrumpe para acotar apasionadamente su criterio y reclamar respuestas de las entidades involucradas.

La sorpresa se troca en alarma cuando el elector asume como excusa el llamado cortés a seguir el informe y el joven  renueva su andanada de reclamos, aderezados con su honesta duda sobre la entereza de la gestión popular porque, según cuenta, ha vivido amargos desengaños con sus anteriores representantes.

Julio, profesor de experiencia y delegado por vocación, le escucha en calma una vez más y retoma el hilo de su discurso, sin renunciar a hacer las cosas del modo en que siempre han funcionado en nuestra circunscripción.

Al final la asamblea sigue ágilmente su curso. La gente opina de lo bueno y lo malo, lo novedoso y lo de siempre, lo que exige vergüenza y lo que espera por recursos…

Llegado su turno, el joven reitera sus planteamientos para que consten en el acta y compromete su apoyo para encauzar uno de ellos. Sin remilgos se disculpa por el    exceso de entusiasmo, estrecha la mano del dirigente popular y extiende su ofrecimiento de ayuda en materia de redes eléctricas al resto de la comunidad.

Tras el reconocimiento a vanguardias y otros asuntos del barrio, la gente se dispersa presurosa y solo quedamos unos pocos, comentando el incidente a la sombra del escudo y la bandera.

El joven regresa, preocupado porque la forma no empañe la valía del contenido de sus mensajes, y Julio le reafirma, diligente, que no será malinterpretado. De hecho, le da las gracias por sumarse tan rápidamente y no quedar indiferente al malestar del barrio, porque hay gente que de tanto vivir en el bosque ya ni sufre por el viento entre sus árboles.

Hay dos ex concejales en el piquete rezagado, y sin ponernos de acuerdo comenzamos a reír ante la irónica evolución del suceso: El hoy ecuánime y conciliador delegado fue en su momento un elector «difícil», apasionado forista de criterios irrebatibles, dispuesto a restallar verdades en las espaldas de las entidades que se escurrían para no explicar sus desaciertos.

«Yo preparaba mi informe con su semblante en la memoria», confieso, al fin, en público, y recalco: «Como cuando concebía mis clases a la altura del alumno más travieso o contestatario del aula».

Serguei dice aliviado que a él le pasaba lo mismo, pero Michel, el nuevo vecino, no lo deja seguir y decide poner el parche antes de que avance el grano: «¡No estén inventando, que yo acabo de llegar al barrio y además tengo mucho trabajo!», dice en su defensa, y lanza una mirada de S.O.S. a su involuntario contrincante.

Una señora de más edad, que ha visto correr mucha agua por nuestras calles, también capta la indirecta y cierra el debate con una filosófica certeza: «¡Menudo delegado que daría este chiquito, si acaba de llegar y ya está revolucionando todo! Pero bueno, mi abuela decía que siempre es mejor aguantar a un loco que empujar a un bobo, y este país necesita gente que se comprometa así, sin tapujos, desde la mismísima puerta de su casa, ¿verdad?».

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