Un poco de cultura

Autor:

Juan Morales Agüero

Acabo de concluir la jornada de homenaje a los educadores. A punto de cerrar con broche de oro el tema, acudió a mi memoria una recomendación que le escuché a un profesor durante una conferencia, allá por mi época de estudiante en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba: «El periodista —dijo con acento enfático— debe saber algo de todo y todo de algo».

Confieso que el retruécano me resultó simpático tanto por su ingenio como por su mensaje. Pero un detalle no me satisfizo del todo: ¿y por qué solo el periodista?, ¿por qué dejar fuera a quienes son ajenos a la tinta, la cámara y el micrófono? El lector coincidirá conmigo en que en materia de saber —de todo o de algo— hay mucha gente en Cuba con deudas por saldar.

Están los estudiantes de Secundaria, por ejemplo. No son pocos los padres y maestros preocupados por la formación cultural de esos muchachos todavía inexpertos. Y no me refiero a la formación que adquiere estatura en el aula, porque esa cae muy pocas veces en saco roto. Aludo a la que solo se conquista trabando amistad con los libros, el cine, los museos...

Para ser culto es necesario tener siempre un hambre voraz por conocer algo nuevo. Pero debemos admitir que muchos de nuestros estudiantes no han dado todavía indicios de ese apetito. La insuficiencia no es exclusiva de la gente joven. He tropezado con profesionales competentes y doctos en lo suyo, pero con una ignorancia colosal en temas que desbordan su especialidad.

En efecto, personas hay capaces de dictar una conferencia magistral sobre complejos temas de computación, pero que palidecen cuando alguien les pregunta si leyeron alguna vez una famosa obra literaria. Algunas ni siquiera se interesan por leer los periódicos o escuchar los noticieros. Viven al margen de lo que ocurre en torno suyo en materia informativa.

Siento pena cuando ocurren esas cosas. ¿Quién es el culpable? Pienso que la propia persona. A la escuela no se le puede tildar de irresponsable por no asumir una función que la desborda. El maestro puede sugerir buenas lecturas o recomendar un buen filme. Pero la cultura general requiere voluntad de quien la necesita y constancia para echarle cimientos.

Lo otro corre a cuenta de la avidez de cada quien por procurarse un volumen de conocimientos generales suficientes como para no hacer el ridículo cuando se hable de un asunto difícil. ¿Quién dijo que solo los filólogos deben conocer las sutilezas de la lengua materna? ¿Quién insiste en darles la exclusividad a los historiadores a la hora de explicar cómo se desarrolló la batalla de Stalingrado? ¿Quién sostiene que solo a los políticos les corresponde estar al tanto de las relaciones internacionales y de su acontecer noticioso?

Se trata de un asunto en el que los padres tienen incidencia. Uno me dijo hace poco: «A mi hijo no le gusta leer como a otros muchachos». Le pregunté: «¿y a ti te gusta?» Me confesó que no. Muchos de los padres actuales nacieron y se criaron en el último medio siglo. Ellos no pueden justificarse con que no tuvieron oportunidades de adquirir el hábito de lectura por imperativos extradocentes. Si en algún momento renegaron de la escuela o no se dejaron cautivar por el encanto de los libros, no pueden pretender ahora que sus retoños hagan lo contrario.

La cultura general permite atesorar conocimientos diversos, clasificarlos sin que apenas nos demos cuenta y aplicarlos en las más disímiles circunstancias de la cotidianidad. Solo se deja seducir por la gente observadora, capaz de desarrollar sus propios métodos de búsqueda hasta hallar lo que le interesa.

Estas reflexiones me hicieron recordar aquella observación de mi profesor en la Universidad: «El periodista debe saber algo de todo y todo de algo». Recuerdo que al terminar la conferencia me le acerqué y le dije: «Profesor, ¿no le parece que la frase quedaría mejor si en lugar de periodista pusiéramos personas?» Él meditó y me dijo: «Estoy de acuerdo».

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