Bienvenida la esperanza

Autor:

Juan Morales Agüero

El almanaque se encuentra por estas horas en trances de alumbramiento. El parto —indefectiblemente— ocurrirá a la medianoche de hoy. Su expectante «parentela» cubana anda como en ascuas, en espera del cíclico acontecimiento. Y se pregunta: «¿Cómo será el recién nacido? ¿Nos traerá buena fortuna?».

Así sucede siempre en materia de incertidumbre. Más que curiosidad trivial, las interrogantes devienen expectativas legítimas. Ante lo que está por sobrevenir, los seres humanos —lo mismo en nuestro archipiélago que en la Conchinchina— solemos activar los signos de interrogación.

El año que mañana 1ro. de enero registrará en el calendario su flamante condición de neonato, tendrá ante sí los desafíos de siempre. Solo que la naturaleza de nuestros apremios de hoy lo obligarán a convertirse a toda prisa en «niño precoz». ¿Cómo será su debut? ¿Qué le depararán sus jornadas a Liborio?

Hay algo irrefutable: los cubanos tenemos por costumbre interrogar al porvenir sin fruncir el entrecejo. ¡Nada nos atemoriza! Para presagiarlo no recurrimos a la bola de cristal de una pitonisa con turbante. Tampoco a las cartas existenciales tiradas sobre el tapete por una cartomántica de ocasión.

Si somos los protagonistas del presente, ¿quiénes mejor que nosotros para pronosticar el futuro hasta el detalle? ¿Quiénes en mejor situación para calcular cuánto podemos hacer? En circunstancias tan honrosas, los que aparecen por derecho propio en nuestro día a día son los signos de admiración.

Eso no niega que el ciudadano común y corriente acaricie bajo la almohada un manojo de aspiraciones. A Inés, por ejemplo, le encantaría que los precios del Mercado Agropecuario bajaran un poco. Y Raymundo aplaudiría lleno de entusiasmo que mejorara el servicio de transporte público en los horarios pico.

Rogamos que no nos visiten ciclones, ni nos acogote la sequía. Soñamos con que se recuperen los valores perdidos y con que la armonía reine en la familia. Aspiramos a configurar un panorama socioeconómico que se corresponda con los tiempos que corren y a insertarnos en el mundo respetando y exigiendo respeto.

Indicios de lo que puede depararnos el futuro no escasean. La reapertura de las relaciones diplomáticas con el vecino del Norte, amén de lo que entraña en cuanto a coexistencia, es la confirmación del fracaso de una política que pretendió rendirnos por asfixia, pero que devino bumerán contra sus gestores.

El bloqueo económico, comercial y financiero al que todavía nos somete tendrá que ceder. La tozudez de quienes lo imponen tiene también sus límites. Cada año, en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, el mundo entero clama por su levantamiento. Tanta gente no puede estar equivocada.

La mayoría de estas expectativas podrían verse satisfechas en la medida en que las posibilidades las hagan realizables. Otras tendrán que aguardar por momentos más favorables, relegadas involuntariamente por un presente reacio a las improvisaciones. Sin pausas, pero sin prisa. No siempre querer es poder.

Lo que nadie debe poner en solfa es que el año a punto de nacer será otra fase de definiciones. No habrá cambios espectaculares en la economía doméstica. La cotidianidad continuará siendo un reto para el cubano de ley, conocedor de que solo tendrá lo que sea capaz de crear con el esfuerzo individual y colectivo.

Definitivamente, el inminente 2016 será algo más que el nuevo inquilino del calendario. En materia de expectativas, representa la esperanza legítima de conquistar el futuro a partir de nuevos enfoques y con nuestras propias manos.

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