Una campana que todavía suena

Autor:

Osviel Castro Medel

Cada palabra de aquel jueves, en el que la capital parecía reventar de júbilo, fue como una campanada de aviso para la posteridad. Cada frase de aquella noche apoteósica conserva todavía, después de tanto tiempo, la advertencia suprema para las fechas futuras.

Aunque hayan goteado 57 años y la Cuba de hoy tenga el rostro, el cuerpo y el corazón muy diferentes a la de aquel 8 de enero, ese discurso, pronunciado por Fidel ante un océano humano, merece ponerse en la cabecera misma de la nación para meditarlo una y otra vez.

No resultó una oratoria presuntuosa por la victoria épica, tampoco un veni, vidi, vici (llegué, vi, vencí) como se hizo costumbre a lo largo de los años en decenas de militares triunfadores, que le copiaron la frase a Julio César.

En aquel instante cumbre, ideal para el festejo, el líder revolucionario que entraba vencedor a La Habana con apenas 32 años y como guía de los legendarios barbudos y del pueblo todo —en vez de pavonearse por haber derrotado en menos de 25 meses a un ejército pro yanqui, inmensamente superior en hombres y armas—, lanzó el aviso crucial: el verdadero sendero del país estaba por abrirse aún y tendría, en su construcción, miles de obstáculos e incontables peligros de extravío.

«Estamos en un momento decisivo de nuestra historia: la tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa y, sin embargo, queda mucho por hacer todavía. No nos engañemos creyendo que en lo adelante todo será fácil. Quizá en lo adelante, todo sea más difícil», expresaba entonces Fidel, dos años y 20 días después de haber dicho en el recóndito Cinco Palmas que con ocho hombres y siete fusiles se podía ganar la guerra.

«¿Quiénes pueden ser hoy o en lo adelante los enemigos de la Revolución? ¿Quiénes pueden ser ante este pueblo victorioso, en lo adelante, los enemigos de la Revolución? Los peores enemigos que en lo adelante pueda tener la Revolución Cubana somos los propios revolucionarios», decía entonces, 46 años antes de su sorprendente discurso que él mismo nos haría desde la Universidad de La Habana para sacudirnos como nación.

Aquel día luminoso de 1959 también habló Fidel de la importancia de preservar la paz para que Cuba pudiera andar una ruta complicada y sentenció algo que retumba para siempre: la verdad debe ser la piedra angular de un proceso que se precie de ser revolucionario.

Y, como hizo después otras veces, puso énfasis en la unidad, ese elemento imprescindible para que cualquier país no sucumba ante los «tira y jala», producidos por ambiciones personalistas para llegar al poder.

Asimismo, subrayaba que «no hay error sin consecuencias para el pueblo; no hay error político que no se pague, más tarde o más temprano», un juicio certerísimo que también truena para hoy y mañana.

Tal vez ahora, en el fragor de los cambios para vigorizar el socialismo, necesitemos como pocas veces en la historia —apartando las diferencias de contextos— ahondar en la profundidad de aquel discurso y llevarlo a las aulas de diferentes niveles.

Todavía, por ejemplo, lo más difícil en la batalla contra los vicios que erosionan nuestro sistema social, puede estar por venir. Sería ingenuo levantar estandartes de festejo y victoria.

Como también resultaría infantil creer que la Revolución no corre peligros en su largo andar. Aquella clarinada de Fidel, hace 57 años, nos advierte hoy que dentro todavía tenemos enemigos; que no podemos jactarnos de victorias parciales; que en lo adelante surgirán otras piedras (camufladas o no); que la lucha solo puede ser exitosa si no se convierte en cruzada temporal; y si llega a arrastrar, en su corriente creadora y entusiasta, al pueblo; el mismo que protagonizó el triunfo de aquel enero de glorias y campanas.

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