Celia

Autores:

Eugenio Suárez Pérez
Acela Caner Román

No olvidamos el gris de la mañana y la pertinaz llovizna que acompañaron nuestra incredulidad aquel viernes 11 de enero de 1980, cuando dejó de latir el corazón de Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley. El dolor y la tristeza se impregnaron muy hondo en el corazón de un pueblo que se negaba a admitir que ella, la imprescindible, se hubiese marchado para siempre.

Nacida el 9 de mayo de 1920 en Media Luna, un pequeño poblado costero frente al golfo de Guacanayabo, Celia había crecido entre las olas del mar Caribe y las montañas de la Sierra Maestra; entre Manzanillo y Pilón; entre gente pobre y sencilla; entre patriotas y revolucionarios. Hija de un hombre de extraordinaria sabiduría y bondad —el doctor Manuel Sánchez Silveira—, desde muy joven tuvo vínculo directo con los más pobres pobladores de su región de origen y con la intelectualidad más progresista del país. Su espíritu de justicia y de lucha se forjó mientras auxiliaba a su padre en la atención a los enfermos, con la misma voluntad y persistencia que también le asistía en sus múltiples investigaciones históricas. Ambos, en 1953, ascendieron al Turquino junto a la escultora Jilma Madera, para colocar la imagen de Martí en la cima más alta de la Patria.

Celia fue uno de los grandes pilares del Movimiento 26 de Julio en la lucha clandestina: fundó células revolucionarias en Pilón, Niquero y Manzanillo; junto a Frank País preparó las condiciones para recibir el yate Granma y, tras la dispersión de Alegría de Pío, organizó a los campesinos de la zona que emprendieron la búsqueda de los expedicionarios. Celia fue, también, la que dentro de un marabuzal recibió los refuerzos para el Ejército Rebelde que enviara Frank País desde Santiago, la primera mujer que arribó a la Sierra Maestra para combatir en el Ejército Rebelde y envió hombres, armas, alimentos y municiones desde los primeros momentos de la lucha guerrillera.

Incansable, laboriosa, audaz, exigente y discreta, ella se ganó el cariño y la confianza absoluta de todos los combatientes de la Sierra y el Llano. Así, en 1957, Fidel lo reconoció en una histórica carta que decía: «Y en cuanto a la Sierra, cuando se escriba la historia de esta etapa revolucionaria, en la portada tendrán que aparecer dos nombres: David y Norma», es decir, los nombres que utilizaban Frank País y Celia Sánchez como seudónimos para la lucha.

El tiempo pasa inexorablemente, 36 años después de su partida, Celia Sánchez Manduley, la sensible y fiel guardiana de la historia revolucionaria y del pensamiento de Fidel; la que trabajó por la Patria Socialista mientras tuvo un aliento de vida, sigue presente en quienes no quedamos desamparados porque su luz fue tanta que aún ilumina a un pueblo que no la olvida y, cada día, lleva flores frescas a su tumba.

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