Acoples del último en llegar

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Me da un poco de risa cada vez que sorprendo a alguna suegra o suegro quejándose de su nuera o yerno, y viceversa, aunque me ha tocado más de lo primero (conste que, por suerte, no es por experiencia propia). Mas, son casi constantes las historias de contradicciones y agravios entre estos parientes tan cercanos, y a la vez tan lejanos, en cuestiones sanguíneas y de afectos.

Porque, ya se sabe, a estos inquilinos advenedizos a la familia no se les escoge, como no escogemos tampoco a la estirpe que nos toca. Sin embargo, a la cuenta de estos «últimos en llegar» suelen apuntarse todas las inconformidades que, en la mayoría de las veces, son reflejo de la conducta propia de hijas e hijos (cuando no saben guiar a sus parejas), más que de la actitud que se le ocurrió adoptar al nuevo miembro de la mesa.

Cierto es que los hay «de ampanga» (como si no hubiéramos escuchado historias de terror y espanto), pero también hay relatos y circunstancias que merecen nuestra compasión. Porque, caballero, ni todas las suegras son insoportables, ni todas las nueras son malas. Lo mismo va con los del sexo masculino.

Hay nueras que llegan invadiendo espacios. Se adueñan del sillón preferido de la cabeza de familia, escogen como favorito el dulce que hasta ahora había sido solo para mamá y hasta hacen del teléfono del hogar un artículo de su posesión. Pero no siempre es una actitud intencionada con la peor de las ideas; a veces se trata de «cosas de niñas» recién salidas de casa que llegan a la nueva morada en busca de los mismos consentimientos que en el hogar propio.

Además, en la mayoría de las ocasiones, unos años después, la historia da un giro de 180 grados y es la necesitada suegra —ya a merced de la edad y las dolencias— quien se presenta en el hogar de su hijo o hija y ocupa lugares que hasta ese momento eran solo propiedad de los felices cónyuges. ¡Qué distinto se vuelve todo, eh!

Conste que estamos hablando de los casos más distantes en tiempo y espacio. Porque —urgidos como estamos de mayor cantidad de techos para poder hacer realidad el dicho de que «quien se casa, casa quiere»— lo más común es que la convivencia sea el plato fuerte de cada día y no cuestión de una visita ocasional. A acopiar paciencia se ha dicho. A tolerar caracteres y a licenciarse en el difícil arte de la concordia cotidiana.

Y es que si entre padres e hijos a veces la situación se pone tensa, ¿qué queda para quienes andan más lejos del árbol familiar? Respeto es la palabra de orden. Respeto para el espacio ajeno, para las manías de los otros, para sus gustos, incluso los que parezcan más exóticos.

Porque también son frecuentes los razonamientos al estilo de «ella no es tan mala», «la pobre, a veces ayuda». Y es que en el roce está el cariño, y si algo distingue esta interacción es el constante trato. Va y uno de esos días terminamos bendecidas por un apoyo extra, por una salvación de última hora, que solo podía llegar desde nuestra compañera más cercana.

Así que mejor no emprenderla con la nueva inquilina. Enseñarla sí. Educarla también. Guiarla por la que hemos diseñado en nuestro hogar como la senda del bien. Para que no se nos desvíe. Para que la relación ande sobre ruedas. Para facilitar el acople del último en llegar.

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