«Melalcoholía» - Opinión

«Melalcoholía»

Autor:

Susana Gómes Bugallo

«Aleja tu móvil del alcohol», me dice un amigo siempre en simulado tono de burla. Pero su verdadera preocupación no es que se afecten las condiciones técnicas del artefacto en caso de que caiga en el voluble líquido. Es un consejo más sentimental y profundo de lo que cualquiera se imagina al escucharlo. Él bien sabe por qué lo dice. Yo bien sé por qué en nuestro círculo de amigos (y en muchos otros con los que compartimos) casi nadie le hace caso.

Y es que nosotros (por contar nuestra historia) no nos resignamos a la lejanía que la vida impone en sus rutinas aplastantes y dinámicas. Nos queremos mucho. Desearíamos estar siempre juntos. Como le ocurre a cualquiera en el mundo que tiene seres amados. Pero como no siempre se puede llevar atadas a nuestro andar a las personas que adoramos, casi siempre hay que conformarse con las visitas esporádicas y los «te quiero» telefónicos.

Ahí es donde reside el problema. En los teléfonos. O empieza antes: en las distancias. Quizá aun antes: en los amores cursis e inacabables (como todo amor que se respete). Más o menos quedamos en donde empieza todo. Lo indiscutible es que muchas veces termina en la «melalcoholía», ese sentimiento para el cual la Real Academia de la Lengua Española no tiene aún un vocablo registrado, pero con seguridad reconocido por cualquiera que se ha sentado una noche o tarde a compartir con las amistades o cualquier compañero cercano y ha acompañado esa sesión de conversaciones con algún que otro traguito de cualquier vino, ron, cerveza o sustancia con alcohol contenido.

Sin llegar a los excesos en el consumo (que esos no dan nada bueno y está comprobado), cuando transcurre un ratico de nuestra reunión social, hay siempre algún sentimiento que se desencaja de su estado normal de reposo o contención. Va apoderándose de gran parte de nuestros sentidos y nos zarandea para recordarnos a quién queremos con locura o extrañamos con dulce dolor, o añoramos tener al lado para compartir los disparates de costumbre, o simplemente tenemos frente a frente y nos da por decirle cuánto le agradecemos el estar en nuestras vidas.

Por eso mi amigo me aconseja alejar el móvil del alcohol. Porque extrañar, saldo del celular mediante, es un poco caro (o mucho). Y si a eso le sumamos ese desborde natural de sensaciones que traen consigo «unos traguitos», nada se puede hacer para poner freno a la «melalcoholía», que toma el mando de la situación y nos pone más expresivos que de costumbre, más nostálgicos que siempre, más cariñosos que ayer y de seguro, menos que mañana.

Claro que se impone recordar que no debemos caer en la exageración en el consumo de esta sustancia, y mucho menos supeditar nuestra voluntad a sus capacidades de distensión. Porque, además de la nocividad que causa a nuestro organismo, la demasía en expresividad causada por el alcohol ya tiene otro nombre (embriaguez) y otra respuesta del lado de quienes tal vez reciben la «melalcoholía» con la paciencia con la que se trata a un niño que se sabe que no miente, aunque no pueda entregarnos con claridad todo lo que lo sacude. La ebriedad no se acepta igual.

No cerremos las puertas a ese sentir tan ingenuo como auténtico. Pero tampoco vivamos a cuenta de él para decir cuánto queremos. Que el alcohol no sea la puerta para dejar salir ese poquito de melancolía que cada quien lleva dentro. Y que no se pierda en el aire; que llegue a la persona que lo inspira. No importa si por el móvil, el teléfono o una mirada sin descripciones posibles. No dependamos de la «melalcoholía», aunque tenga ese toque singular de lo incontenible.

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