El fetichismo de la mercancía

Autor:

Aracelys Bedevia

Propaganda, economía, corriente de pensamiento, espectáculo… En todo eso y mucho más han convertido a una buena parte del arte contemporáneo. Desde que Marcel Duchamp colocó en un museo un urinario al revés bajo el título La Fuente (1917) y firmado por R. Mutt, mucho ha cambiado la manera de percibir y valorar el arte.

Si una obra es expuesta en una galería de prestigio y recibe el elogio de la crítica especializada, y, encima de eso, alguien paga un alto precio por ella, de la noche a la mañana su autor puede llegar a convertirse en un gran artista. Pareciera que ha dejado de importar el concepto que inquiete, el equilibrio entre lo visual y el sentido de la obra, para imponerse la firma bien pagada, lo inentendible y otras maneras de producir que nada tienen que ver con el pensamiento profundo y la riqueza constructiva de la propuesta.

El arte se ha convertido en mercancía y todo el que puede y quiere invierte en ella. No es nada nuevo, dirán con razón. Desde tiempos inmemorables el arte ha sufrido transformaciones en los modos de adquisición por parte de sus destinatarios. Leonardo Da Vinci y Michelangelo Buonarroti muchas veces crearon por encargo porque quien vive del arte tiene que venderlo, aunque para ello tenga que hacer ciertas concesiones.

Lo que ha cambiado, sin embargo, más allá del lenguaje expresivo, es lo que ciertos coleccionistas y otros compradores quieren adquirir. Lo que ha cambiado es que una gran parte de esas «creaciones» que tienen éxito en subastas y ferias internacionales no son realización genuina de los artistas, sino de los mercaderes del arte que montan todo un gran circo en torno a propuestas que la mayoría de las veces carecen de sentido.

Lo que ha cambiado es la falta de originalidad en muchos de esos exitosos creadores que repiten fórmulas viejas con un ropaje nuevo, amparados por un dealer, o un coleccionista.

Tras el disfraz de «contemporánea» hoy se puede vender cualquier cosa a precios exorbitantes. Desde tiburones en formol y otros animalitos (como suele hacer el tan bien cotizado Damien Hirst) hasta mendigos y cadáveres. Son los marchands y, en ocasiones los artistas, quienes confieren valor a las piezas, en términos financieros, por medio de campañas publicitarias o de relaciones públicas. Y lo hacen, muchas veces, sin tener en consideración su naturaleza y aporte cultural y estético. Lo que importa, por encima de todo, es superar el precio que los vendedores hayan logrado establecer en el mercado. Aunque para ello haya que mentir y organizar subastas en las que el anfitrión y sus amigos pujan por las mismas obras para subirles el valor.

El fetichismo de la mercancía, expresado por Carlos Marx en sus análisis sobre la plusvalía en El Capital, se nos revela con mayor fuerza en ese tipo de simulacro de arte, «que no es otra cosa que la dependencia extrema del artista de las tipologías “estetizadas” con mayor eficacia y éxito comercial», como alertaba hace algún tiempo el maestro Manuel López Oliva.

No está mal que el mercado marque la pauta, el camino. El arte contemporáneo ha roto esquemas y tiene cuestionamientos muy profundos sobre la sociedad y sus sistemas políticos, económicos… Entenderlo implica un ejercicio de pensamiento. Lo más detestable de lo que está sucediendo en torno a él es que se pretenda convencer al público de que lo presentado es toda una revolución y que solo los idiotas no entienden de qué se trata.

Ese mal que carcome y se extiende ha penetrado en los circuitos de exhibición cubanos y en el escaso mercado con que contamos. Artistas con propuestas de la más alta calidad van quedando en el olvido por no responder a los dictados de las mal llamadas tendencias contemporáneas o no haber sido «descubiertos» por un coleccionista o curador extranjero.

Las escasas galerías encargadas de la comercialización, por  lo general, no quieren correr riesgos y apuestan solo por aquellos que ya están establecidos en el mercado internacional. Hay en nuestras galerías estatales encargadas de la comercialización una lista de privilegiados «vendibles» con ganancias crecientes frente a una mayoría que apenas logra mostrar su obra en espacios no destinados a la venta.

Desde el momento en que se responde a solicitudes externas, sin priorizar el valor cultural auténtico y garantizar oportunidades equivalentes a los diversos artistas con calidad, se empieza a asumir una posición mercantilista de fáciles ganancias. Obviar lo que está sucediendo hace algún tiempo en torno a este aspecto clave de la política cultural cubana, nacida en los 60 y enriquecida con posterioridad, nos llevará, más temprano que tarde, a comulgar con ideologías transnacionalizadas de mercado propias de países donde la injusticia y las desigualdades son el pan de cada día.

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