Mis profes sin guion

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Yo solo había tenido de las maestras clásicas, las del moño serio y las jabas enormes, las del carácter fuerte y el tono maternal, las del respeto que casi parece miedo, pero es amor, del que une a los pequeños con quienes los protegen y los llevan del brazo por el mundo. Yo solo había tenido de esas, y hasta un maestro mimoso y fuerte que me mortificó sin parar para que yo nunca olvidara que había escrito una vez «merengue» sin u. Merenge, me decía siempre, como jugando para hacerme recordar. Y claro que los quise, los quiero y los admiro, aunque lleve otra historia de profes singulares.

Porque un día mi colección de guías cambió. Y llegaron Taimí y Yulexis para romper con cualquier guion de lejanía generacional y entrar en mi mundo a mover más que los conocimientos académicos. Con ellas aprendí a escuchar a Buena Fe, a coleccionar las Teclas del Duende (que entonces eran la Tecla Ocurrente), a aumentar mi cosecha de poemillas de poca monta en aquella agendita que yo llevaba como un tesoro desde la candidez de mi octavo grado.

Ya desde ese entonces muchos miraban con recelo a esas alumnas vestidas de azul y blanco que habían pasado de los pupitres a la pizarra de un día para el otro. Yo también tenía mis dudas, y llegué a reafirmarlas con algunas historias ajenas. Pero en mi caso, en mi historia de amor, todo fue diferente. Las vi revisar contenidos y postergar dudas para el otro día. Pero nunca evadir inquietudes ni disimular carencias. Nadie es Dios, nadie lo sabe todo, parecían darnos a entender, pero con la grandeza de quien llegaba en la jornada siguiente casi convertida en catedrática más especializada de la materia esquiva.

Allí estaba Silvio, también joven. Con su Biología y su esencia inacabable de guía base; con sus lecciones y amistades a cambio de nada; con su modo único de hacernos amar la escuela como si no hubiera mañana; con su fortaleza construida a base de esfuerzos y desvelos.

Arianna tampoco se quedaba atrás. Y descubría diariamente el modo de llegar bien adentro. Era sensible, fue fácil descubrirlo. Pero vestía su sentimentalismo de niña con una coraza a prueba de clases. Después volvía a ser ella. Y se desbordaba en amores y ternuras.

Luego llegaría Jacqueline, que se echó en la espalda hasta los conflictos más de pasillo de aquel grupo 35 de la amada Humboldt 7 y se encargó de que en su compleja aula de décimo grado todo el mundo se llevara bien. Si no, había que vérselas con ella; si no, nos esperaban horas de diálogo en cualquiera de las tuercas del pasillo o el medio del monte; si no, había charlas prolongadas en su cátedra de las que salíamos casi llorando y corriendo a abrazar a quien habíamos herido. Porque Jacqueline nos hablaba como amiga (otra cosa no podía hacer con los pocos años que nos separaban).

Y fue ese enigma que descubríamos juntos lo que nos unió a sus lecciones. Era joven, sí, pero nos llevaba un pequeño camino de dedicación y entrega por delante. Su proximidad funcionaba para que quisiéramos imitarla. Porque sabía conquistar con las razones que funcionaban. Estaba cerca de nosotros y entendía el modo raro con el que se engranan los mecanismos de la juventud. Vivía junto a su grupo, pero tenía esa sensibilidad y sabiduría extra como para no dejarnos de la mano y gritarnos desde lejos. Ella debía acompañarnos, aunque eso le costara noches de obsesión y hasta técnicas de la más especializada Psicología grupal, que nos hicieron descubrir mucho de lo que llevábamos por dentro. Primero era joven para luego ser maestra.

Milagros fue cómplice y autoridad, carácter y sonrisa, hermandad y guía. Gustaba de hacer gala de su carácter fuerte. Pero con el mismo estilo se volvía amiga de fiestas y confesiones. Aquella figura diminuta sí que hacía de las suyas con tal de poner silencio. Desafió mucho de lo establecido en nuestros cánones mentales.

Y la vida fue trayendo profes de todas las edades. Unos más admirados; otros, pasaron de prisa. Pero siempre he podido alardear de mis profes sin guion. Aquellos jóvenes que hacían su día a día junto a nosotros, que se descubrían a sí mismos para luego mostrarnos el mundo, que no se cansaban de tropezar para seguir andando. Por eso defiendo su improvisación y magia espontánea. Y me apego a su juventud como la virtud que ellos supieron que fuera. Nunca se es demasiado inexperto para algo que se ame.

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