Comandante con corazón de poeta

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

Su historia tiene de las privaciones de una cuna humilde, de la constancia del joven negro, sencillo albañil, quien aprendió en la misma vida que la lucha es el único camino de los pobres para conquistar sus derechos escamoteados; y de la sencillez de quien llegó a la cumbre sin olvidar sus orígenes.

En su huella, profunda y versátil, se juntan el arrojo del combatiente, el ejemplo del dirigente justo y leal, y la sensibilidad del hombre que en días de guerrilla llenaba sus bolsillos de papelitos con sus composiciones e ideas y de la manera más natural explicaría luego a un diplomático extranjero: «Aunque hice la guerra, compongo canciones de amor».

Ese era Juan Almeida Bosque, el Comandante con música en el alma que cumpliría hoy 89 años. Nació en el reparto de Los Pinos, de La Habana, el 17 de febrero de 1927, y se formó, como el segundo de 12 hermanos, con los más altos valores y comprendió la necesidad de combatir por los ideales de justicia e igualdad.

Fiel a esa causa, siempre junto a Fidel, fue sucesivamente jefe de célula revolucionaria, combatiente del Moncada, prisionero en Isla de Pinos, capitán de pelotón en la expedición del Granma, oficial del Ejército Rebelde, comandante de Columna y fundador del III Frente Oriental Mario Muñoz Monroy, jefe militar activo en las últimas batallas victoriosas que derrocaron a la tiranía batistiana, y dirigente revolucionario con numerosas y elevadas responsabilidades luego del triunfo del 1ro. de enero de 1959.

Tres heridas recibió en el combate del Uvero, mas no aceptó que lo sacaran de la batalla. Uno de los balazos alcanzó su cabeza, otro le entró entre el pecho y el hombro izquierdo —milagrosamente desviado de su corazón por una cuchara que llevaba en el bolsillo de la camisa—, y el tercero le penetró en la pierna izquierda, pero sus compañeros solo consiguieron recostarlo a un palo desde donde continuó dirigiendo a su grupo en el ataque, que se prolongó por más de dos horas.

Tras el fatídico combate de Alegría de Pío, con el grito de «¡Aquí no se rinde nadie...!» marcó la capacidad de resistencia y el sentido del deber de los cubanos; y su actuar exigente, unido a la preocupación constante por el pueblo; sus reuniones cortas y operativas, en las que los problemas encontraban soluciones en colectivo; y su andar consagrado y ejemplar, nos legaron un estilo de dirección con el que muchas veces está en deuda nuestro tiempo.

El aguerrido jefe que devolvió la dignidad a las serranías del Tercer Frente, el compositor prolijo de más de 300 canciones de casi todos los géneros, el dirigente apegado a la gente simple, que sin alardes enfrentaba directamente los problemas hasta solucionarlos y en medio de sus responsabilidades sabía estirar su tiempo para depositar una flor ante el compañero caído, ejercitar sus músculos o intentar descifrar los caminos del cocoyé santiaguero, nos demostró así que es posible intentar ser mejores humanos cada día.

Y es que detrás del rostro curtido del combatiente, de la gravedad en el ejercicio del mando, del arrojo en los días de la Sierra, del peso de las responsabilidades políticas, estatales y militares, latía el corazón de un poeta que nunca dejó de soñar con la belleza y la atrapó en melodías de intacto lirismo o en textos que hablan de proezas y humanos sueños.

Juan Almeida Bosque hizo culto a la sencillez, a la humildad y al compromiso político con la causa que defendió. Por eso, más allá de las numerosas medallas y condecoraciones con las que se reconoció su trayectoria, su pecho de poeta y combatiente pertenece hasta hoy a los hombres y mujeres humildes, en los que supo calar con el fusil al brazo o tocando el corazón de su pueblo.

Fue, es, uno de esos héroes con música en el alma y palabras para conservar los combates, los esfuerzos y los sueños, que al decir de Roberto Fernández Retamar, hacen, harán por siempre dichosa a la Revolución Cubana.

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