Brígida, un amor con luces y sombras - Opinión

Brígida, un amor con luces y sombras

Autor:

Marianela Martín González

Cuando llegó a nuestra casa, cayendo la tarde un día de los años 70 del siglo XX, mis hermanos y yo creímos que era una aparición de las que nuestro abuelo solía hablar con recurrencia en los anocheceres.

Tan extraña era aquella mujercita, que al verla, mi hermana y yo corrimos a escondernos. Nuestra madre la recibió como si se tratara de la visita de un ángel. Solo la requirió por andar sin compañía por un lugar tan desolado como aquel donde vivíamos, y la desconocida le regaló a cambio una máxima que asiste desde entonces a las féminas de mi familia: «Cuando veas a una mujer sola en la oscuridad, tenle miedo, porque es guapa de verdad».

Aquel ser espectral que a ratos aparece en mi memoria como metáfora de las ambigüedades que el amor entraña, vestía todo el tiempo ropas raídas, que seguramente salieron de talleres de países helados. Quizá de tierra celta, de donde también procedía Brígida, nombre que significa fuerza, y ella supo llevar dignamente porque, a pesar de su fragilidad anatómica, era resistente como la obsidiana, la roca volcánica que los luchadores prefieren para hacer sus espadas.

Su patrimonio se reducía a una jaba de saco de yute que luego me acostumbré a ver en cualquier rincón de la casa, como si formara parte de nuestras pertenencias. En su «tesoro» había un menudo jarro con asa, hecho a partir de una lata de compota, papeles que recogía sabrá Dios de dónde, y un bebé de juguete que era todo un enigma, tal vez el caldo de cultivo para tantas conjeturas en torno a su maternidad truncada.

Allí también iban a parar todos los regalos que la gente le hacían para que se alimentara y pasara la noche, esa noche que según ella se hizo para desandar y que según los especuladores de la zona era su oportunidad para buscar al único ser que habitaba en su corazón: un hijo que parece haber muerto o del cual la separaron cuando ella extravió su brújula.

Contaban que de modo misterioso aparecía en los lugares donde nacían varones y se ofrecía para lavar sus pañales, que en aquella época no eran desechables como ahora, y requerían de puños fuertes para blanquearlos. Con ese pretexto solía visitarnos, pero siempre terminaba junto a la cuna de nuestro hermano recién nacido, con quien solía conversar y le susurraba canciones que a nadie más he vuelto a escuchar, pero eran una oda a la ternura.

Un buen día se alejó de nuestro hogar para dejarnos muchísimas preguntas sin responder, porque era imposible arrancarle una sola declaración que diera señales de su pasado, de su dolor, del motivo por el cual vagaba sin rumbo. Cuando percibía que alguien quería invadir su enigmático mundo interior, lanzaba improperios que la convertían en la antítesis de aquella personita taciturna y útil que se daba a los demás a cambio de ningún favor.

Al cabo de 15 años de su desaparición, logré verla una vez más. Merodeaba por una de las zonas rurales entre San Antonio de los Baños y Bauta. Andaba con la jabita de saco de siempre y la estrafalaria ropa cosida «en el más allá», que de mirarla provocaba un calor asfixiante.

No me reconoció, a pesar de que removí recuerdos que hubieran conmovido a cualquier persona plena en su razón. ¿Su obsesión habría mutado? ¿Su búsqueda la habría cansado? No supe nada de su presente, ni traté de saber por temor a despertarle la ira que le provocaban los interrogatorios.

Por los años que han transcurrido y su vida azarosa, seguramente hace años que Brígida murió. Sin embargo, para quienes la conocimos hay momentos en que reaparece como símbolo incansable de buscar lo querido.

Con Brígida la primavera tuvo prisa, quizá ni siquiera existió; en cambio, su paciencia la condujo a inventarse y luchar por lo que le fue negado, algo abstracto, pero por lo que seguramente valía la pena andar y desandar: el amor en todas sus formas y matices, con sus sombras y sus luces, que a ella la salvaban del miedo a la noche, a la soledad y al desamparo.

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