Con eñe de español

Autor:

Iris Oropesa Mecías

Mi amigo tiene un gorrión extraño, nostalgia, y me escribe al chat un mensajillo tan azul como él: «Salgo a la calle y no hablo. Me pasan por el lado, y sin embargo, me siento solo: no entiendo una palabra de lo que dicen». Extraña la comodidad de no tener que leer subtítulos en una película, de decir «añoro mi tierra» sin que el de al lado le pida que hable más despacio o traduzca la palabra tierra; extraña hablar sin hacer señas ni repetirlo todo y saber que su computadora pone «mañana», con eñe, sin tener que buscarla por todo el teclado como un bobo, y me confiesa que a veces, con la solemnidad con que se desgrana un rosario, habla con la almohada en español puro y duro de fonética hipercorrecta: todo por el miedo a olvidar su idioma. Después vuelve a empezar su jornada en lengua extraña, que aunque ya domina a la perfección, todavía le suena metálica y fría.

La calidez y el sentimiento de identidad cultural que brinda el hablar una misma lengua natural suelen pasar inadvertidos para muchos de nosotros. Al parecer, nos es más sencillo pensar en autoconcepto y pertenencia si nos agrupamos bajo una bandera, o al bailar un ritmo típico, pero casi no notamos cuánto une e identifica lo que hablamos, el modo único de interpretar la realidad detrás de cada idioma, lo que compartimos como usuarios de los mismos códigos, convenidos casi de modo inconsciente entre todos. La lengua nos hermana de un modo sutil y a la vez práctico, herramienta tan maravillosa como nuestras manos y sus pulgares opuestos, como el fuego y la rueda, pero que a la vez obliga a la colectividad a coincidir en múltiples alianzas tácitas: decidimos cada día como hablantes qué códigos aceptamos por consenso y cuáles no, qué nivel de innovación permitiremos y cuánto resistiremos el cambio, hasta dónde nos podremos diferenciar sin separarnos y dejar de comunicarnos, qué decidimos que será nuestro registro vulgar y cuál todavía consideraremos popular… y tantas otras decisiones colectivas que llevamos a cabo casi sin saberlo, como grupo, identificados con lo que creemos propio del modo más espontáneo.

Mucho nos llevó llegar a poseer tan brillante instrumento, patrimonio de ingenio colectivo, y aun a veces cometemos el error de creernos los más «dinámicos posmodernos y tecnológicos» hombres de hoy, y de ver a nuestro idioma como quien lo sabe un monumento compacto y gris. En realidad, la Lengua nos sirve a la vez que nos sobrevive, y guarda increíbles y sinuosas fluctuaciones a lo largo de su historia, que es la nuestra.

En el tejido complejo e inasible de nuestro español ha habido mucho de muchos, huellas que la experticia de académicos desentraña aun hoy. Desde las lenguas de grupos prerromanos de antes de nuestra era en la península ibérica —celtas, vascos, fenicios, griegos, ibéricos…—, donantes de sus matices culturales y sustratos en sonidos, maneras y estilos peculiares; comerciando y comunicándose al ritmo de la vida, pusieron la base plural y diversa; al paso inevitable de los romanos conquistadores, por supuesto, romanizando, trayendo sobre todos, con sus soldados y su comercio, el poderoso y práctico latín, ya lustrado por el prestigio del griego. También participó el cristianismo al lograr, con ideales, ritos, tradiciones y filosofía, la unificación del latín en la península conquistada. Peregrinos con todo tipo de aportes y novedades para la vida de la Hispania, pasantes que tomaban y dejaban en su tránsito. La lengua romana se vulgarizó, se hizo lengua de pueblo en la Iberia, como antecedente de hablares y lenguas románicas, acaso los abuelos o parientes dialectales de nuestro español. Cruzadas, épocas visigóticas y mozárabes, mezquitas, guitarras, islam y sonoridades orientales; etapas castellanas, reyes católicos y dorados, Gramática de Nebrijas, barcos surcando el océano para llegar a otro mundo de nuevas mezclas, encuentros, y novedades, con poco tiempo para la calma, todo fundiéndose en la alquimia de lo hispánico. Fonemas que cambiaban para acomodarse, justo cuando podías creer que ya eran vetustos; poetas buscando un decir suyo, nuevo y propio, y saboreando América, el imperio de Fernando e Isabel se rizaba y mixturizaba en señores que vivieron entonces en islas «de paso» junto a indígenas y africanos de un semillero de etnias y orígenes, convertidos, sin saberlo aún, en algo nuevo.

¡Y tuvimos español de América!, nuestro y distinto, y también cambiante, con sus propios monumentos de este lado del planeta; varios Sor Juana y Martí y Darío fundaron y hasta exportaron de vuelta a Europa lo que era ya nuestro, puliendo, refinando, americanizando, y llevando a sus límites más vivos nuestra lengua, a pura pluma. Dejaron sus préstamos otros idiomas de prestigio, y las más insospechadas ofrendas, de finisterres casi olvidados, llegaron también y hallaron sitio, con añorantes emigrados y viajeros que traían sus ofrendas étnicas, artísticas, históricas… y lingüísticas. Nuestro español de Cuba, criollo, impregnado de su propio sabor y aliento de isla acogedora, fue naciendo a la vida. Y los letrados de aquí, con los poetas anónimos de la calle y las casas, contribuyeron en el camino a esa creación magna, que usamos y de cierto modo nos usa, que nos acompaña a cada tierra, guerra y pacto, se ajusta a nosotros, y marca lo que somos con humildad casi anónima.

El 21 de febrero fue el día de la lengua materna, esa, la que no te enseña un maestro ni una escuela, sino tu vida y tu tierra, y la Unesco, preocupada por el respeto al plurilingüismo y la educación integradora, lanza el lema Educación de calidad, lengua(s) de instrucción y resultados del aprendizaje. Pero más que saber que la nuestra la hablamos millones de personas en todo el mundo, que tenemos una prestigiosa academia, una política lingüística panhispánica, una asociación de academias de la lengua española dispersas por nuestras tierras; más que saber que las plumas descomunales de Cervantes, Garcilazo, Machado, Martí, Vallejo, Neruda, Rulfo, Cortázar, Márquez, Alejo y otros la han llevado al esplendor, y más allá de campañas, fechas o lemas, apenas basta, para la honra, poder decirnos —y twittearnos, y textearnos— entre nosotros todos, hispanohablantes, ¡Viva nuestro español!, y saber con alivio y orgullo que de la Patagonia a los Pirineos, nos hemos entendido.

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