La lección de las manos

Autor:

Marianela Martín González

Cuando Osvaldo Concepción Giménez se propone alcanzar un sueño no hay fuerza natural que lo detenga. El paralizante refrán que afirma que ya todo está inventado es para él un pretexto que desvanece los mejores intentos.

Por eso, cuando en los años de mayor tensión del período especial su hija más pequeña —y que hoy es sicóloga— no tuvo zapatos para asistir a la escuela, y el salario que entonces él percibía como técnico en Derecho no alcanzaba para comprárselos en la shopping, apeló a una revista donde aparecía un diseño de calzados que le pareció sencillo y no se detuvo hasta imitarlo.

Los años transcurridos y la destreza alcanzada como artesano, que luego le permitió trabajar para varias empresas como talabartero, no han borrado del recuerdo de Osvaldo el esfuerzo que le costó sumergirse en aquel experimento hijo de la necesidad, que al comienzo fue tan solo un útil ensayo carente de atractivo.

Sus primeros zapatos se produjeron contra reloj y por manos que habían incursionado en casi todos los oficios existentes, e incluso participaron en la guerra de Angola descifrando mensajes estratégicos; pero jamás habían cosido ni una simple chancleta.

Este hombre recuerda que hubo hasta quienes se burlaron de aquel remedo. Pero, a pesar de eso, su hija los llevó sin avergonzarse, como si se tratasen de los zapatos más caros de cualquier boutique. Según ella, eso sí era marca: la del sudor paterno.

Consumiendo madrugadas, se propuso mejorar aquel diseño e incursionar en otros. Y no cedió hasta hacer calzados semejantes a los que se importaban en aquella época en la Isla. Logró confeccionar botines codiciados, incluso, por quienes criticaron sus primeros intentos como artesano.

La historia que les cuento es un retazo en la vida de este hombre, que ya casi en los albores de los 70 años de edad trabaja más de 12 horas diarias en difíciles oficios como la albañilería.

Desde hace casi medio año, el primer rostro que veo cuando abro temprano en la mañana el balcón de mi casa, es el de Osvaldo. A esa hora ya cernió montículos de arena y polvo, para no detenerse por falta de materiales en la edificación de la casa de una de sus hijas.

Nada lo entretiene en su afán de terminar cuanto antes. Ni siquiera las anécdotas del sexagenario Yordy Sánchez, un coterráneo suyo que vino desde Sancti Spíritus para ayudarlo. Él y su amigos suelen acompañarse del sonido de la radio que los mantiene al tanto de cómo andan Cuba y el mundo. Apenas toman minutos para almorzar y beber algún sorbo de café, que tanto les gusta.

En seis meses han levantado prácticamente una casa que tiene a todos asombrados en el barrio, por la calidad de cada tramo que concluyen. Algunos creen imposible que dos personas de la tercera edad puedan hacer semejante proeza.

De vez en cuando, al finalizar las clases, sus nietos lo ayudan a cargar materiales y observan la maestría con que las manos curtidas del abuelo ponen de manera impecable cada estructura: al parecer para la eternidad.

Lo miran como si se tratase de un héroe que dice ser un viejo joven. Que si volviera a nacer desearía ser la misma persona y repetiría cada gesto suyo para bien de la Revolución y todo cuanto le permitió tener una familia unida.

Osvaldo no le tiene miedo a la muerte. Lo mismo uno muere en una cama que en  una trinchera, y es mejor escenario la última, según su filosofía. Lo que explica su manera casi de desafiar la gravedad, encaramándose en andamios que de mirarlos hielan los huesos.

Angola fue su mejor escuela. Le permitió sentirse hermano de cada compatriota que allí encontró: no importaba de qué región de la Isla procediera. También fue en esa tierra donde descubrió las canciones de Sara González y las hizo suyas para toda la vida.

Como ferviente martiano que es, los años le han enseñado que la ternura es la lección magistral para educar y conmover. Cree en los jóvenes porque son fuertes, informales, auténticos y casi siempre tienen un alma virgen y en ella se deposita y sedimenta todo el ejemplo que los adultos les brindemos.

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