¿Mi amigo?

Autor:

Omar Olazábal Rodríguez

¿Qué significa un amigo? Desde hace mucho tiempo he notado cómo se ha desvirtuado ese concepto. Quizá porque a la tan mencionada pérdida de muchos valores de antaño le hace falta presentarse con medias tintas, para sentirse un poco menos culpable. De pronto muchas personas conciben una amistad como aquellos momentos efímeros de convivencia, cuando compartimos en un lugar con un grupo de conocidos, nos reímos y hasta nos contamos anécdotas de la privacidad.

Quizá también sea porque a quienes accedemos a las redes sociales, y más específicamente a Facebook, se nos impone que cada uno de los que entran en contacto con nosotros sean llamados así. Si me guío por Facebook, estoy rodeado de ellos. Tengo casi 800. Hay quien posee muchos más. Su creador, Mark Zuckerberg, cuenta con casi 55 millones. Esos datos lo que hacen es reblandecer el verdadero significado de la amistad.

Porque tener un amigo es algo muy especial. Una amistad verdadera se construye sobre bases fuertes, de respeto y cariño. Repito, se edifica, poco a poco, pues se necesitan muchas etapas de confirmación para que se solidifique. No es posible pensar que, de pronto, te encuentres a alguien que sonríe, te extiende la mano, y lo declares tu amigo. Me niego a creerlo.

Y es que quien lo es, no llega a tu casa a decirte cómo tienes que cambiar los muebles. Aunque sea con la mejor de las intenciones, no intentará nunca inmiscuirse en tu vida privada, en tu relación familiar, vecinal y laboral. Cuando te da un consejo, es porque tú se lo pides. No te critica, te alerta. Y lo hace con mucho cuidado, sin lastimarte.

Es el que no te extiende la mano a cambio de favores o prebendas. Esa es una variante que leí hace mucho tiempo en ese tratado de sicología gansteril que se llama El Padrino, de Mario Puzo: el momento en que Corleone acepta vengar a la hija del sepulturero, a cambio de que este no olvide nunca que algo le debe. Así puede funcionar en otros lares, pero no en el espacio vital en que me tocó estar, ni en la educación moral que recibí de mis padres.

El amigo no olvida tus penas del pasado. No se atrevería nunca a borrar de tu memoria lo que has sufrido. Cuando habla de tus desventuras anteriores, lo hace con el mismo sentimiento de compartir el dolor. Y si se trata de pérdidas físicas, llora contigo, no calla. ¿A qué amigo se le ocurriría pedirte que no recuerdes a un hermano asesinado en un atentado, o a otro amigo caído en la batalla?

Un amigo nunca levantará una mano para lastimarte. Preferirá callar cuando un debate se torne tan tenso que podría lacerar la amistad. Porque los amigos también pueden discutir, sanamente, para poder encontrar la solución a un problema grave. No te dejará solo en la desgracia. Mucho menos hablará de tus supuestas debilidades con quien te desea el mal.

El que hace eso no es amigo. Puede que seamos conocidos, o vecinos, e incluso hayamos compartido en algún momento. Respeto mucho a los míos verdaderos, los leales, a los que paso tiempo sin llamar pero están ahí. Siempre han estado, en las buenas y en las malas. Porque cuando de amistad se habla, se hace con el corazón y no con la mente.

Perdón por repetir muchas veces la palabra «amigo». Pero en estos días la he escuchado tanto, que decidí compartir mi criterio. Cuidado con aquellos que puedan caer en la tentación de tener un «amigo» para tener un central. Porque eso no es amistad. Es interés. Y hay que tener en cuenta lo que alertara Abraham Lincoln alguna vez: «La mejor forma de destruir un enemigo es hacerlo mi amigo».

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