La abuela Pepa

Autor:

Edel Lima Sarmiento

Cuando mi abuela materna murió, se fue con ella casi un siglo de la historia de nuestra familia. Había nacido en 1915, en el entonces todavía españolista pueblo de La Palma, Pinar del Río, donde viviría hasta sus últimos días, a punto de cumplir los 97 años. Tampoco a la muerte le fue fácil vencerla: postrada a causa de incesantes isquemias durante varios meses y extendida la fiebre por su cuerpo a consecuencia de la neumonía, su corazón resistiría más allá de lo posible, para deshacer una y otra vez los augurios terminales de los médicos. Era la última de sus hermanos; era la última de mis abuelos.

Como muchos de sus contemporáneos, era hija de un español y una cubana. Su padre, Ramón Martínez de Osaba Claveles, procedía de una familia vasca-catalana que había llegado a estas tierras antes de 1880, año a partir del cual la Metrópoli promovió la emigración europea a la que ya había dejado de ser «la siempre fiel Isla de Cuba», con el propósito desesperado de blanquear el país y contrarrestar el sentimiento independentista. La madre, Rafaela Pérez Pérez, descendía de cubanos antiguos y vegueros que, naturales de pueblos de campo próximos a La Habana, habían sido desplazados a Vueltabajo en el siglo XIX, como parte del proceso de extensión de la industria azucarera, muy bien descrito por Moreno Fraginals en su obra El Ingenio.

De sus ancestros mi abuela heredó características que la definieron durante toda su existencia: fuerte carácter y decisión, amor al trabajo y a la familia, bondad y vocación de servir, cierta altivez —muy propia de los vascos— y afán de abrirse paso en la vida. Pepa, como la apodaron desde niña aunque se llamaba Ana María, no fue desde muy jovencita una mujer que se limitara a la obediencia y a las labores domésticas, lo típico de su época. Con un único hijo varón y seis hembras, su padre le permitió trabajar en el campo y andar a caballo, y por su arrojo e inteligencia natural, poco a poco se ganó el derecho a participar en las decisiones relacionadas con la finca paterna.

Al casarse con mi abuelo, que era lo que en buen cubano llamamos un pedazo de pan, la abuela tomó las riendas de la nueva familia y nunca dejó de ser su estratega. Entonces ayudó al abuelo en la vega cada vez que lo necesitó, sin descuidar jamás el hogar, que gozaba de fama entre la gente por su extrema limpieza. Educó a sus cinco hijos con severidad y rigor implacables; era ella quien impartía penas y castigos. Y su mesa siempre estaba dispuesta para el viajero, para el visitante, como las viandas, la carne y la leche de su casa los compartía con los más pobres.

En verdad, esa es la historia de mi abuela contada por otros, porque nunca fue dada a hablar de sí misma, ni a regocijarse de sus obras de caridad. La conocí cuando ya era una anciana. Yo, uno de sus últimos nietos, solo tendría el privilegio de verla más joven por fotos. A sus setenta y pico de años seguía siendo una mujer imponente, de la que me llamaban mucho la atención sus ojos, porque si bien por momentos su mirada podía ser tierna, era la mayor parte del tiempo inquisidora. La rodeaba un aura que hacía que los demás la respetaran, una fortaleza de espíritu en el que no parecían asomar temores ni flaquezas. Sin ánimo de ponderar, de aquel espectro solo he encontrado una descripción similar en La vida de Juana de Arco, biografía escrita por Anatole France.

Entendió su vida como una misión, la de siempre trabajar sin descanso y sin distracciones, la de procurar ser decente y hacer el bien por encima de todo. Era cautelosa y discreta, enemiga de las murmuraciones. Tenía un trato especialmente agradable con las personas, pero de la misma manera en que las agasajaba podía enfrentarlas sin paños tibios, de estas merecerlo. Esgrimía una frase o una respuesta adecuada para cada situación, que le daban acaso una imagen de sacerdotisa griega. Parafraseando a Panoya —un viejo de su juventud—, gustaba decir que lo único que lamentaba era tener que morir por dejar de ver, por aquello de que el mundo siempre cambia y nos sorprende.

No fue toda virtud, desde luego. Su apego a una moral puritana la llevó ante algunas situaciones familiares a adoptar decisiones no del todo correctas, de las que por su dureza, creo, tendría con el tiempo que entrar en una fase de arrepentimiento. Enemiga de la bulla y el ruido, nunca se acostumbró a la radio y la televisión, y mucho menos soportaba las conversaciones extensas, de las que más de una vez, al marcharse el cotorrón o cotorrona, terminaba llorando y dando gritos, para confirmar que padecía de una extraña neurosis, común en otras mujeres de su familia. Hasta las misas la atormentaron y dejaron de gustarle cuando, avanzado el siglo XX, se volvieron demasiado propensas al canto y a la música. Su mundo había sido el del sonido del silencio.

Así como les cuento era mi abuela, a la que veía en todas las vacaciones y en alguna que otra ocasión, y a la que solo le perdería el miedo en sus años finales. Entonces ya no acompañaba tanto a mis padres cuando iban, porque el viaje de La Habana a La Palma duraba horas y me quedaba en casa estudiando para los exámenes de la Universidad, o a cargo de alguna tarea. Ella acostumbraba a enviarme, como premio, masas de puerco cocidas con leña y virginales manos de plátano fruta de su patio. Cuando la visitaba de tiempo en tiempo, aprovechaba para preguntarle por nuestros antepasados. Me hablaba de su abuela catalana, que allá en Barcelona hacía tiritas los vestidos cuando le prohibían ir a una fiesta, o de su abuelo vasco, que a campo traviesa en Álava y muy genioso, exclamaba: «Aparta, tronco, que vizcaíno no aparta». En realidad, a la única de sus abuelos que había conocido era a Chucha Pérez, a la que aún se le recuerda por un arroyito de donde eran sus tierras, que se le identifica con su nombre. Al reclamarle por algunos de esos asuntos herméticos que hay en casi todas las familias, con la justificación de que algún día tendría que escribir sobre mi Macondo, me respondía únicamente con una sonrisa socarrona a medias.

En una de estas mañanas, el sonido chirriante de jarros y vasijas y el olor a café con leche me trasladaron a aquella casa mágica de mi infancia. Otra vez vería a mi abuelo Pepe y a mi abuela Pepa, y a su hermana Luisa, la solterona, que había ido allí a buscar la tranquilidad necesaria para el final de sus días. Pero solo había sido un sueño hermoso, que me había servido de estímulo para decidirme a regresar pronto a aquel pueblo, pese a su ausencia, convencido de que la hallaré en el jardín de la casa nueva, o trabajando al sol en el Hoyo de la ceiba, donde nacieron sus hijos, o entre las arboledas de Vegas nuevas, por donde corrió desde niña hasta hacerse mujer.

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