¿Se nos escapó el sombrero?

Autor:

Osviel Castro Medel

Vestidos de impecable uniforme, esperaban el ómnibus que los trasladaría a la escuela; conversaban de lo humano y lo divino con tranquilidad hasta que llegó la guagua.

De inmediato se armó el tropel, que una profesora trató de disipar metódicamente: «Organizándose, a ver... Las niñas primero». Pero su orientación pareció caer al vacío porque los muchachos, con su potencia natural, se apoderaron de la delantera mientras sus compañeras de estudio les clamaban: «Cógeme un asiento», «La ventanilla», «Pon el maletín...».

Los más fuertes empezaron a repartirse el botín; es decir, los asientos. No sé lo que sobrevino después; desconozco si dentro del ómnibus los varones cedieron el lugar ocupado descortésmente o si alguna muchacha viajó de pie.

Lo cierto es que la escena, digna de olvido, implica una lectura crítica y objetiva, porque aun creyéndola aislada —que no me parece— demuestra que los «disparos» contra la cortesía y otras buenas maneras comienzan a veces en los escenarios «ideales» para el cultivo de buenos modales, un término que en ocasiones se ha vuelto cliché.

Viendo el episodio, comparé épocas y me transporté a mis tiempos escolares, en los que los robustos no imponían su ley de fuerza y empuje. Y no es que dejaran de existir ciertos conatos de forcejeo, sobre todo a la hora del pase; pero por un decreto no escrito las niñas no podían viajar de pie y era casi cierto aquello de: «Limón limonero, las niñas primero».

Entonces recibíamos charlas sobre educación formal cada 15 días, en turnos de 45 minutos; ahora hasta existe una asignatura nombrada Educación Cívica, que en teoría constituye un paso de avance para el fomento de una cultura de la delicadeza y la amabilidad.

¿Era nuestra época mejor en modales que esta?, me pregunté mientras dejaba atrás el «sitio de los hechos». La respuesta es inexacta, pero no deberíamos tener dudas al respecto porque la lógica dice que, con el galope del tiempo, tendríamos que haber crecido en urbanidad y educación.

Los adolescentes deberían ser mejores hoy no solo por el progreso de nuestras escuelas y maestros, sino también por la hipotética evolución de los progenitores, quienes solemos culpar a las instituciones de los caminos torcidos de los hijos.

Por cierto, aquel día los padres presentes no levantaron la voz para censurar a los descorteses; ni siquiera se alarmaron con la escena, un signo de que no les pareció pecado.

Y es que los malos modos se tornan normales a fuerza de la repetición diaria, aquel: «Ceder la derecha, quitarse el sombrero» para reverenciar a las damas puede lucir como un teque cuando la cotidianidad nos va imponiendo la sequedad y la torpeza.

A propósito, más de una vez hemos presenciado en un transporte público a hombres bien fornidos permanecer sentados, en pose de estatua, mientras numerosas mujeres, en oportunidades con bolsos en las manos, deben convertirse en gimnastas en medio de la estrechez. Y este episodio, por repetido, se nos ha hecho lamentablemente «normal».

Claro que la cortesía se construye de ambos lados, porque a ciertas representantes del sexo femenino les ha dado por sembrar la tosquedad y un trato de neandertales. Pero, al margen de esa realidad, creo que los caballeros no debemos dejar escapar el sombrero ni tirarlo a la basura; nos hace falta como barrera contra la grosería y la barbarie existentes no solo en una guagua escolar; nos hace falta como símbolo de elegancia, cortesía y distinción.

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