Érase una vez un zurdo o un adorable dinosaurio

Autor:

Bárbara Doval

«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí»                                                                                                                                         Augusto Monterroso

Soy de las mortales que aplaude la maestría de Monterroso, pues en una línea nos regaló el conocido como el cuento más corto del mundo y las mil y una interpretaciones. Salvando todas las distancias posibles e inimaginables, como el escritor guatemalteco, sé de un dinosaurio. Pero este de mi historia no es grande, no es fiero, no es bestial, por suerte, de talla gigante son sus sueños, mucho más que cualquiera de los dinosaurios imaginados. Y ambos dinosaurios, el de Monterroso y el mío, tampoco tienen en común los millones de años de existencia.

El dinosaurio de mi historia cuenta pocos años de vida. Le gusta, más que leer, escuchar la narración de cómo el Principito dialoga con su flor o qué piensa de los adultos, disfruta salvar vidas como bombero o como policía, entrenar su cuerpo como pelotero, judoca o futuro ciclista a semejanza de su hermano y le gusta regalar cantares del alma cuando se va la corriente o la noche amenaza tedio. Su nombre de origen griego le identifica como «defensor o protector de la humanidad». Alejandro, como todos los niños merecen ser, es alegre, y orgullo de su familia, continuidad y futuro.

Con cada hoja del almanaque, Alejandro juega y sonríe, juega y observa, juega y saca conclusiones. Le gusta hacer amistades sin importar la edad y pareciera que crece junto a Juan Candela, el personaje oneliano, porque las historias las hilvana una tras otra, como pez en el agua, no se pierde ni una emisión de Vivir del Cuento y hasta goza de lo lindo cuando se tambalea interpretando a Pánfilo, el personaje del popular espacio televisivo.

Sin esperar consejo alguno, decidió su uniforme para ir a la fiesta de disfraces por el 4 de Abril, día que cumple años la Organización de Pioneros y en su escuela se multiplicarían las actividades. En un momento, le atrajo la idea de ser vaquero, porque el traje de indio que tanta suerte le dio en un concurso de disfraces, ya le queda pequeño. Sin embargo, una luz le iluminó el rostro cuando imaginó el feliz impacto de todos, cuando llegara ese día a la escuela con su traje verdiazul de miliciano.

Otra de las sorpresas de ese día, estaría relacionada con el modesto presente que cada padre llevaría a escondidas a la maestra, para que al terminar uno de los juegos les obsequiara a cada niña y niño. La fecha prometía que la pasarían en grande, hasta la mochila con los libros aguardarían en casa hasta el día siguiente. Los juegos, las sorpresas y la diversión estarían asegurados.

Pero a uno de los traviesos compañeritos del aula se le ocurrió portarse mal. Alejandro ni se enteró o no quiso saber ni contar de qué se trataba. Pero la reprimenda fue implacable y aguó la primera parte de la prometida jornada. La solución fue el castigo colectivo de bajar la cabeza sobre la mesa, que en lugar de dibujos o letras, pudo mojarse con la baba de quien se durmió en medio de la preterida diversión. ¡Qué decepción, ese día fue muy esperado y era como para perdonarnos!, razonaba luego Alejandro.

Ya recuperado del primer mal rato que les aburrió la mañana, después del almuerzo se repartirían los regalos, pequeños, de mínimo costo para que fuera accesible a la economía de todos los padres. Lo más importante era tener un recuerdo de ese día y así, se veía divertido. ¡Pero qué pena! Cuando Alejandro recibía su estuche con goma, lápices y otros útiles escolares, cuál no sería su sorpresa al descubrir los despampanantes juguetes de algunos de sus amiguitos. Eso no le parecía bien. ¿Por qué sus padres son tan rectos?

Bueno seguro desean que aprenda mucho y por eso, prefirieron no regalarme juguetes en esta ocasión. No importa, yo sé que mi familia me quiere mucho —comentaba Alejandro a su abuela, depositaria de otras tantas confesiones. Ante la irrupción de la pregunta esperada. ¿Cómo te fue? ¿Qué dijeron de tu uniforme? Nada…, se entristeció Alejandro, al ver cómo elogiaron la careta y los guantes de Hulk, el hombre verde o el traje de Spiderman. «Algunos se rieron de mí. Creo que no fue una buena decisión. Fui el zurdo, el que estaba al revés». Ni bestial, ni fiero, ni torpe, comentó Alejandro a sus padres que, atónitos, se dieron cuenta del adorable dinosaurio que acunaban en casa.

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