La modestia disfrazada de chapucería

Autor:

Osviel Castro Medel

Érase un diploma horrible. Cualquiera que lo vio aun de soslayo pudo reírse… o llorar, según el prisma del observador.

Lo peor, al margen de eso, es que el «reconocimiento» fue entregado después de anuncios por altoparlantes delante de la multitud, como premio a la versatilidad de una joven destacada.

«ALUMNA MÁS INTEGRAL DE DÉCIMO GRADO», decía una hoja simplísima con caligrafía doblemente rupestre; encima aparecía el nombre de la estudiante y uno solo de sus apellidos, escritos también de manera cavernícola.

Es probable que, a pesar de tantos lunares, la muchacha lo haya exhibido a sus familiares con sano orgullo y luego lo haya guardado celosamente en un rincón sagrado; algún día, cuando madure, podrá juzgar mejor.

Pero estas líneas no brotan aquí para deducir los posibles sentimientos de la estudiante. Su breve historia viene como pretexto para reflexionar sobre esa enfermedad social llamada chapucería, que tanto nos golpea en nuestra cotidianidad.

Porque esa alumna no ha sido la única, a lo largo de la nación, que recibió un certificado vestido de burla o de mal gusto; ni un «reconocimiento irreconocible», hecho a todo galope, como para salir del paso o del apuro.

No lo escribo solo por los diplomas o certificados. Recuerdo que hace varios años, en un torneo boxístico internacional celebrado en nuestros predios, los ganadores recibieron, junto a su medalla, una flor tan «modesta» —envuelta en la nada— que llegaba deshojada y marchita a las manos de los púgiles. Parecía que la estrechez estaba noqueando el escenario de la premiación.

Mirando la escena, cualquiera podía llegar a la conclusión de que a veces confundimos la modestia, la sencillez y la humildad con lo chato, lo tosco y lo deforme. Y eso se ha repetido en otras escuelas, en el barrio cuando hipotéticamente premiamos a un vecino, en el centro laboral y hasta en la organización a la que pertenecemos, donde en teoría «el trabajo hombre a hombre» debe ser mejor y hay más intelecto para pensar en el detalle.

Resulta difícil, cuando se escribe sobre este tema, olvidar el país en que se vive, lleno de carencias y necesidades. Pero la chapucería nace, definitivamente, como expresión mental.

No tiene que ver con la pobreza material y sí con las penurias en la materia gris. Es hija de todo lo mediocre, lo superficial y lo cerrado; de lo que navega en contra de la prestancia, la calidad y el buen hacer.

Hace nueve años un comentario que abordó un asunto similar en estas páginas preguntaba: «¿Tenemos que resignarnos al pegote, el trozo y a la falta de presencia hasta la eternidad?». Y agregaba que en ocasiones hemos caído en la trampa del conformismo o en aceptar el «modesto objeto» (más que modesto grotesco) como algo normal.

Una humilde mujer, ejemplo de modestia verdadera, llamada Celia Sánchez Manduley, quien en este mayo hubiera cumplido 96 años, nos demostró que con poco se podía edificar o tejer algo hermoso o, incluso, grandioso. Que lo modesto no implica afinidad con las feúras de la vida.

En el espejo de ella debemos mirarnos una y otra vez cuando vayamos a estimular con un diploma o un certificado a alguien que venció escollos; cuando pretendamos crear algo que perdure y nos propongamos vencer «chaturas» y chapucerías, cuando pensemos en la sencillez acompañada siempre de la hermosura.

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