Elogio necesario fuera de las tablas

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

«Por favor, si nos juntamos un poco más, podrán entrar más personas. Vamos a cooperar, por favor…». Y muchos sonrieron porque recordaron, inevitablemente, frases similares que a bordo de un ómnibus podemos escuchar. Sin embargo, no nos encontrábamos en uno de los que transitan por las calles de la ciudad.

Estábamos sentados en una sala de teatro, dispuestos a disfrutar, como parte del programa de Mayo Teatral, la reposición de Mecánica, una obra que merece aplausos y premios para el dramaturgo Abel González Melo, los tremendos Yuliet Cruz y Carlos Luis González, y los actores Waldo Franco, Yailín Coppola y Rachel Pastor.

Es un pequeño local que acoge a uno de los grupos teatrales de nuestro país, que al cabo de 20 años de trabajo continúa creciendo y ganándose a un público que también crece y que no es posible amontonar en un espacio físico que no ha podido, paradójicamente, «hincharse».

Sobran los elogios para el personal que labora en la sala. A pesar de que los asistentes en no pocas ocasiones derrochan indisciplina y se acumulan en la angosta puerta de entrada, siempre hay quien sugiere, con buenas maneras, que se distancien un poco, porque de todas formas se respetan ciertas prioridades para dejar pasar.

Y usted que me lee pensará: Claro, los invitados, los amigos, los artistas… ellos son la prioridad; y francamente se equivoca. En esta sala de teatro —donde pocas personas pueden acomodarse en sillas y la mayoría debe hacerlo, como puede, en gradas de madera—, la prioridad son los adultos mayores. Ellos pasan primero para que disfruten de un asiento más confortable durante la función, lo que demuestra la sensibilidad de este colectivo laboral ante un fenómeno como el envejecimiento poblacional en la sociedad cubana.

Luego sí pasan los invitados, tal vez los amigos, los periodistas… Pero no de manera avasalladora, sino que se va dejando entrar, poco a poco, a estos y al público, y se van ocupando las pocas sillas que quedan y se completan las gradas, cuya incomodidad a veces pasa desapercibida, inconscientemente, mientras se disfruta de la puesta en escena.

Siempre hay quien busque culpables. Que si son muy pocas las sillas, que si vienen muchos ancianos, que si las gradas son terribles y encima hay que solidarizarse con otros y apretujarse cada vez más, que si la sala es pequeña…

No valen las quejas. Ciertamente, Argos Teatro merece un espacio físico mayor, luego de dos décadas de trabajo reconocido por el público y la crítica especializada en Cuba y otros escenarios internacionales.

La climatización y el acondicionamiento agradable del lugar no bastan para complacer a los apasionados de las artes escénicas que hasta allí llegan, y ni siquiera los propios actores se sentirán tan a gusto, aunque ni se les note, porque todos conforman un elenco formidable, a cuyo talento también le queda chica la sala.

Ojalá Carlos Celdrán pueda recibir un día a sus fieles seguidores con los brazos bien abiertos, ofreciéndoles más confort en su casa, pues con certeza pasa más tiempo allí que en su domicilio oficial.

Ojalá pueda incrementar las papeletas para que se sumen más personas sin necesidad de apiñarse, dispuestas a apreciar y compartir (o no) su discurso teatral, su manera de hacer.

Justo ahora que a partir del 27 de mayo se retomará Diez millones, la primera obra escrita por quien es Premio Nacional de Teatro y con la actuación sorprendente de Daniel Romero junto a Caleb Casas, Maridelmis Marín y Waldo Franco, vale la pena pensar en el mismo número de motivos que justificarían un cambio de sala, para un mayor goce del espectador de las propuestas de Argos Teatro.

Mientras llega (porque todo siempre puede llegar), aplaudo no solo las obras que en el pequeño recinto se nos regalan, sino también la bondad y la decencia de quienes trabajan en la sala y suavizan cualquier molestia fuera de las tablas, donde en ocasiones se vive otro teatro.

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