Todos juntos

Autor:

Roberto Díaz Martorell

Un viejo refrán acuña que lo que es parejo para todos no es ventaja para nadie. Sin embargo, en el sistema del comercio, gastronomía y los servicios, al menos en Isla de la Juventud, no se cumple cabalmente esa idea.

El deterioro de las instalaciones, la mala calidad de los servicios, mayoritariamente en unidades estatales, desabastecimiento en la red minorista de productos de primera necesidad existentes en el territorio, entre otras insuficiencias, ilustran con claridad lo anterior, aunque persistan ejemplos positivos como el restaurante El Abra, que pone en tela de juicio la capacidad de la empresa para generalizar buenas prácticas en ese sector.

En ese punto, aclaro que la preocupación trasciende la mera crítica, reclamación o denuncia personal, ya que se trata de un tema analizado en la Asamblea Municipal del Poder Popular en abril, en la que delegados y la población —se transmite en vivo por la televisión local— opinaron sobre posibles soluciones que dependen en casi su totalidad del hombre.

Tras reconocer las insuficiencias, la dirección de la empresa en este Municipio Especial expresó que trabaja para revertir la imagen y devolver la calidad a los servicios, atributo que nunca debió faltar, si se conoce que es la mejor garantía de la fidelidad de los clientes, y el único camino para el crecimiento y los beneficios. La competitividad, si no es desleal, parece un buen sistema para desarrollar las habilidades y la capacidad de eficiencia responsable. Y está demostrado que la competencia profesional puede existir sin la competitividad mercantil cuando hay otras motivaciones, además de las lucrativas, o sea, el servicio de calidad al pueblo.

En ese sentido me permito citar a Emmanuel Carrere, escritor, guionista y realizador francés, quien expresó en alguna ocasión que «lo importante no es hacerlo, sino hacerlo bien y sentirse orgulloso de ello». Ahí, en ese acto de creación incluido en la variopinta gama de servicios, lo objetivo (recursos) y lo subjetivo (actitud) deben complementarse. Para ello se precisa de nuevas maneras de pensar y desarrollar el trabajo. No se puede transformar la realidad haciendo lo mismo, o al menos sin intentar algo diferente.

En esa cuerda, aunque dicen que los clientes siempre llevan la razón, a veces también tienen cierta culpa porque, según el colega Osviel Castro, en su artículo ¿Injuria por cuenta propia?, todavía se observa resignación de los consumidores, quienes se cruzan de brazos ante las deficiencias y sufren, una y otra vez, sin reclamar.

Tenemos que dejar de ser una clientela pasiva, sobre todo, porque muchas instalaciones estatales y privadas lo hacen, y lo hacen bien. ¿Serán de otro planeta o tienen protegidas sus prácticas, al extremo de que no es posible generalizarlas? Directivos del Comercio y clientes, todos juntos, tenemos el deber de desterrar la inercia para siempre y de una buena vez, cambiar todo lo que deba ser cambiado.

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