Canillita - Opinión

Canillita

Autor:

Susana Gómes Bugallo
Canillita es el circo y el circo es Canillita. No hay más atracciones que las que salen de su desorbitado intelecto. La cuerda floja se tensa bajo sus pies, y los malabares exóticos se lucen por allá arriba, mientras aquí abajo el mundo se detiene. Luego se burla de los vidrios y se para sobre ellos, se acuesta sobre ellos y carga a alguna atrevida espectadora de las más pasaditas de peso. En la función hay de todo. Y cuando termina, también hay de todo.
Porque en el pueblo que se reciba este espectáculo de variedades circenses enseguida se arma la fiesta ante la presencia del payaso más original que jamás haya visitado semejante geografía. Las parrandas remedianas, los carnavales brasileños, las charangas de Bejucal… cualquier festejo se queda chiquito ante el jolgorio tan intenso que provoca el circo por aquellos lares.
Solícitos pequeños se convierten en asistentes, conquistados por el resplandor de lo desconocido. Adolescentes asisten cada día a detallar la función con tal de reunirse con los compañeros de la escuela en un nuevo ambiente, antes incógnito para muchos. Madres y padres van dispuestos a revivir su ayer y a regalarles a sus descendientes un trocito de circo, del circo que les iba a ser difícil presentarles si tuvieran que viajar a algún lugar menos recóndito para mostrárselos. Sin embargo, en los días en que Canillita está en el pueblo, el espectáculo queda al cruzar la calle.
La carpa caminante se adapta a las posibilidades de cada escenario campestre. Por ejemplo, en El Gabriel (pueblo del municipio artemiseño de Güira de Melena, del que ya les he hablado antes) las paredes de la sala de video cobijan el arte que jamás se imaginó ver en un recinto tan pequeño, cargado con alrededor de 200 entusiastas. Y durante esas noches —que se multiplicaron también en tardes mientras duró la semana de receso, con tal de ayudar a quienes venían de lejos en coches, riquimbilis o tractores, como explicó Canillita—, en esas noches, el aire de El Gabriel fue muy distinto.
Escasas como andan las opciones recreativas accesibles y enriquecedoras del espíritu, esta fue una bocanada de oxígeno para las que a veces parecen asfixiantes noches rurales. Y lo mejor de todo fue la cantidad de gente que salió ganando. Porque además del pueblo y de las tres o cuatro amistades y familiares que apoyan a Canillita en su show, un joven artista es un poco más feliz cada vez que hace sonreír a otros.
Se llama Alberto Acosta, tiene 34 años y estudió en la escuela de variedades del municipio de Güines. En su momento, hizo las pruebas de la Escuela Nacional de Circo, y sabrá el destino por qué razón no llegó a entrar. Pero seguía con sus obsesiones. Y cuando en 2011 se aprobó esta posibilidad dentro del trabajo por cuenta propia, decidió convertirse en Canillita y andar y desandar por cada rincón intrincado haciendo de las suyas. Ahora camina por la cuerda floja. Pero nunca se sintió más confortable. Y hace de payaso. Pero nunca actuó tan en serio.

La nariz roja debe andar por algún bolsillo. Ahora, en este preciso instante, él no será un payaso. Se olvidará de sus tremendas ocurrencias y pondrá cara de serio para concentrarse, como debe ser, en un número de espanto ante los más pequeñines. También de susto para los mayores, que son los que realmente tienen conciencia de lo que podría pasar si este «loco» recién aparecido en el pueblo, no está preparado como debe para conquistar las alturas. ¿Quién sabe de dónde salió? ¿Quién sabe cuántos trucos más esconde detrás de la narizota de comediante infantil?

En el segundo que corre, Canillita, el travieso histrión que divierte de lo lindo a los niños con sus juegos de participación, anda trepado en la cuerda floja, y el público no sabe si respirar o no. Parece que este menudo joven no tiene límites y que el circo andante que se anunció en ese pueblo de campo no tiene más protagonistas que a él, que ya está demostrando que es capaz de atreverse a cualquier desafío. Y que no solo se atreve, sino que se echa cada dificultad al bolsillo, junto con los aplausos desaforados que celebran su audacia profesional y mágica.

Canillita es el circo y el circo es Canillita. No hay más atracciones que las que salen de su desorbitado intelecto. La cuerda floja se tensa bajo sus pies, y los malabares exóticos se lucen por allá arriba, mientras aquí abajo el mundo se detiene. Luego se burla de los vidrios y se para sobre ellos, se acuesta sobre ellos y carga a alguna atrevida espectadora de las más pasaditas de peso. En la función hay de todo. Y cuando termina, también hay de todo.
Porque en el pueblo que se reciba este espectáculo de variedades circenses enseguida se arma la fiesta ante la presencia del payaso más original que jamás haya visitado semejante geografía. Las parrandas remedianas, los carnavales brasileños, las charangas de Bejucal… cualquier festejo se queda chiquito ante el jolgorio tan intenso que provoca el circo por aquellos lares.

Solícitos pequeños se convierten en asistentes, conquistados por el resplandor de lo desconocido. Adolescentes asisten cada día a detallar la función con tal de reunirse con los compañeros de la escuela en un nuevo ambiente, antes incógnito para muchos. Madres y padres van dispuestos a revivir su ayer y a regalarles a sus descendientes un trocito de circo, del circo que les iba a ser difícil presentarles si tuvieran que viajar a algún lugar menos recóndito para mostrárselos. Sin embargo, en los días en que Canillita está en el pueblo, el espectáculo queda al cruzar la calle.

La carpa caminante se adapta a las posibilidades de cada escenario campestre. Por ejemplo, en El Gabriel (pueblo del municipio artemiseño de Güira de Melena, del que ya les he hablado antes) las paredes de la sala de video cobijan el arte que jamás se imaginó ver en un recinto tan pequeño, cargado con alrededor de 200 entusiastas. Y durante esas noches —que se multiplicaron también en tardes mientras duró la semana de receso, con tal de ayudar a quienes venían de lejos en coches, riquimbilis o tractores, como explicó Canillita—, en esas noches, el aire de El Gabriel fue muy distinto.

Escasas como andan las opciones recreativas accesibles y enriquecedoras del espíritu, esta fue una bocanada de oxígeno para las que a veces parecen asfixiantes noches rurales. Y lo mejor de todo fue la cantidad de gente que salió ganando. Porque además del pueblo y de las tres o cuatro amistades y familiares que apoyan a Canillita en su show, un joven artista es un poco más feliz cada vez que hace sonreír a otros.

Se llama Alberto Acosta, tiene 34 años y estudió en la escuela de variedades del municipio de Güines. En su momento, hizo las pruebas de la Escuela Nacional de Circo, y sabrá el destino por qué razón no llegó a entrar. Pero seguía con sus obsesiones. Y cuando en 2011 se aprobó esta posibilidad dentro del trabajo por cuenta propia, decidió convertirse en Canillita y andar y desandar por cada rincón intrincado haciendo de las suyas. Ahora camina por la cuerda floja. Pero nunca se sintió más confortable. Y hace de payaso. Pero nunca actuó tan en serio.

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