Un desliz no puede lacerar lo bueno

Autor:

Osviel Castro Medel

En menos de un año mi padre salvó la vida cuatro veces en el hospital de la ciudad donde palpito y escribo: Bayamo. Llevo en el flujo de la sangre la gratitud a los que lograron traer a mi viejo de regreso cuando varias circunstancias parecían casi irreversibles.

Sé bien que, atravesando nuestra geografía, millones profesan agradecimientos semejantes a esos profesionales, vencedores de coyunturas espinosas en otras instituciones de este tipo, ya menoscabadas por el tiempo.

Sin embargo, la gratitud nunca debe silenciar verdades ni hacernos cerrar los ojos ante ciertos «abscesos» que asoman en servicios de Salud Pública, muchas veces por la indolencia o el desgano de unos pocos.

Lo escribo porque con la experiencia cultivada por los trajines de esos cuatro ingresos y otras vueltas necesarias por algunas salas, uno puede chocar contra sinsentidos no exclusivos del hospital de una provincia cualquiera.

No debe ser, por ejemplo, que un paciente sea citado para un turno dos meses después de su egreso y, al asistir, le comuniquen que la consulta ha sido suspendida «porque la doctora se fue de misión y ahora no se sabe...».

Ni hemos de admitir que ciertos arranques de desorganización lleven alguna vez a «desaparecer» la camilla —o el camillero— que traslada a un convaleciente llegado al cuerpo de guardia.

Tampoco encaja con la excelencia —que tanto pretende la nación en las instituciones médicas— escuchar a las cinco de la mañana, en pleno sueño de pacientes, el grito estentóreo de una vendedora: «¡Café, café caliente, café!».

Cada detalle que se nos escape, cada fisura organizativa, cada mala respuesta ante un apremio médico, cada espera sin razón... abre una herida que no se sutura con el tiempo y no puede lacerar la faena de miles. Escrito en otros términos, el desliz de una sola persona en este sector tan sensible no puede magullar lo bueno y lo bendito que hacen muchos.

«Quienes no estén a la altura de nuestros galenos —los sacrificados, los que nos reciben siempre solícitos sin importar día u horario— deberán replantearse su labor y enrumbar el camino hacia otros senderos. A esos, que no constituyen mayoría, se les debe impedir tergiversar el sentido altruista que ha caracterizado a la medicina en Cuba», escribía al respecto hace más de dos años en estas mismas páginas la talentosa colega Mailenys Oliva, unas letras que conservan plena vigencia.

Claro que esa ambicionada perfección en nuestro sistema de Salud pasa también por la responsabilidad social de los beneficiarios. Sería infantil desconocer que «en el lado de acá» hay actitudes lacerantes, destructoras, irracionales.

En el propio hospital bayamés —ahora en una reparación que felizmente lo mejorará— es regla que pacientes y acompañantes colmen de humo de cigarro las escaleras que atraviesan cientos de personas cada día, un hábito contraproducente para la salud colectiva y para la imagen —bendita palabra— de la institución.

Y hay ejemplos de vociferadores en plena sala, de ensanchadores de la basura, de practicantes del «cuele» en horario fuera de visita...

Probablemente en ninguna otra esfera de la vida se inserte mejor la vieja frase que reza: «Esto es de todos». Por eso debe desbordarnos de orgullo poseer indicadores celestiales en muchos aspectos médicos y ha de molestarnos —y conducirnos a la acción o la denuncia— que cualquier espacio vinculado a la salud pública esté por debajo de lo ideado y lo soñado o tenga una sola herida espiritual, una mínima herida que nos duela o haga daño.

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