Nuestra playa tiene un ¿dueño?

Autor:

Yuniel Labacena Romero

En la semana de receso de abril mi tía se acordó mucho de algunas de las estrofas del poema Tengo, de Nicolás Guillén, y no es para menos. Fue con mis primas a una playa, muy cerca del conocido parque de diversiones Isla del Coco, en el municipio capitalino de Playa y, para su sorpresa, a la entrada del camino que conduce a ese pedazo de mar abierto, una señora cobraba un peso por acceder al lugar.

Eso no es posible, fue lo primero que atiné a decirle, porque desde 1959 —y nada hasta hoy lo ha cambiado— las playas en Cuba fueron declaradas públicas. Pero la tía insistió en que a otras personas les sucedió lo mismo. La anécdota comenzó a dar vueltas en mi cabeza, y recientemente estaba cerca del lugar, para hacer algunas gestiones, y decidí comprobar la certeza del suceso.

Esta vez no había nadie cobrando la entrada. Pregunté entonces a quienes disfrutaban de esa playa cerca del mediodía. Algunos dijeron que ignoraban la historia; sin embargo, otros expresaron que sí había ocurrido el cobro de la entrada. ¿Cuándo?, indagué, y recordaron que en la semana de vacaciones de los muchachos. También pregunté si sabían por qué estaban cobrando, y el silencio fue la respuesta.

La anécdota, digna de alerta, nos lleva a pensar que ciertos pillos están intentando hacer de las suyas en los espacios más insospechados. Y frente a ello es necesario tener muy despierta la conciencia cívica y preguntar el porqué de las cosas cuando nos parezcan extrañas o absurdas. Tenemos que plantarnos y exigir nuestros derechos ante esos desaguisados que aparecen de pronto, de la noche a la mañana, y nos dejan atónitos, porque violentan lo que es ya costumbre, tradición, o ley en Cuba.

¿Cómo es posible que a esas personas no se les haya ocurrido inquirir por qué cobraban la entrada de un pedazo de playa abierto? ¿Por qué, en vez de pagar, a nadie se le ocurrió oponerse? Esta escena —y otras tantas narradas en estos tiempos— demuestra que truhanes, estafadores y engañadores pretenden timar allí donde falta hacer valer los derechos, o como nos canta Haila María Mompié: la mala hierba crece en las piedras sin pizca de agua…

La crisis económica de estos años, con todas sus consecuencias, nos ha dejado una cosecha de pillos y pícaros que, sin regulaciones suplementarias, buscan hacer su muy particular acopio de beneficios a costa de inocentes y el «déjalo pasar». Y la verdad, esta tendencia se ha posicionado en los últimos tiempos.

Ante este tipo de actitudes es que se mide el grado de conciencia ciudadana, de conocimiento y de capacidad de exigir los derechos que nos corresponden, porque lo que comienza por una manera burda de «privatizar» un pedazo de apacible playa, ¿quién sabe a cuántas grandes olas o tsunamis pudiera conducirnos?

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