El latido de la piedra

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

Tantas veces, lo que tenemos delante nos resulta tan común, que ya no lo vemos. Nos parece que acaso es el orden natural de las cosas, que estarán de una vez y por siempre; pero nos equivocamos.

Nada estará si no lo preservamos. Nada se preservará si no lo conocemos. Lo que no conocemos no podremos quererlo. Y esa es la labor de los que comunicamos el patrimonio: ayudar a identificarlo, aquilatarlo, hacerlo savia y carne de la gente, y estremecer cuando es preciso. Ninguna convención puede prescindir de la participación. Comunicar es tocar.

Cuando hablamos de patrimonio se nos aparecen enseguida la arquitectura y los monumentos. Las piedras guardan la memoria de una época, es cierto; pero patrimonio es  más. Lo que permanece debajo de nuestro suelo y nuestras aguas. Los paisajes. La obra creativa. Las tradiciones. Los sabores y los saberes. Lo que no puede asirse, pero sin lo cual no seríamos. Bórrelos mentalmente… y se estará borrando usted mismo.

Hablo de la huella que nos dejó la recién concluida sexta edición del diplomado Medios para comunicar el patrimonio, convocado por el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, la Dirección de Comunicación de la Oficina del Historiador de La Habana, la Oficina Regional de Cultura para América Latina y el Caribe de la Unesco en la capital y la Unión de Periodistas de Cuba; sin dejar atrás, por supuesto, el apoyo de Habana Radio y de especialistas de excelencia.

A veces, bastó un clic para ilustrar. Y emergía ya recuperado el entorno de la Plaza Vieja o la de San Francisco. Cito apenas dos ejemplos. El contraste entre lo que se perdía y lo que la voluntad hizo renacer, siempre impresiona. Afloró la certeza de que las ciudades no son para contemplarlas, sino para vivirlas. En el aula del rehabilitado Colegio Universitario de San Gerónimo de La Habana, registré los asombros.

¿Qué reverencias caben, por ejemplo, a quienes cuidaron el microscopio de Carlos J. Finlay, o la tribuna donde el sabio anunció el 14 de agosto de 1881, el descubrimiento del mosquito como agente transmisor de la fiebre amarilla? Cuando apreté el flash, me creció el orgullo de cubano.

«Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales», afirmó Gandhi.  Es un asunto pendiente de soluciones entre nosotros; pero esos perros adoptados por instituciones en La Habana Vieja, resulta un esfuerzo conmovedor. Y el del mariposario de la Quinta de los Molinos, otro. Hay espejos donde deberíamos mirarnos.

Sueñen, ordenaron a los diplomantes y todos acataron. Los «sueñeros» se lanzaron a fondo en los trabajos finales: Euda, la guatemalteca, con la preparación del pinol como tesoro de su patria de maíz. Javier y Wilber se alzaron sobre el patrimonio milenario del Perú. Mónica y Carla, con sus estrategias en la educación ecuatoriana. Jacqueline y toda su energía en la Universidad de Guayaquil. Ricardo, con la biblioteca a cuestas en Coquimbo, región natal de Gabriela Mistral. Y Rocío, desde Campeche, otra mirada a la televisión y hasta el regalazo de una canción maya…

Que no falte en la síntesis, Maite, la de La Casa de las Tejas Verdes, institución que defiende el aporte del patrimonio moderno, el diseño y el urbanismo. Rosalí y la infatigable Radio Reloj. Jesús y Randy, los chicos de Habaguanex, asomaron la tríada informatización, turismo y patrimonio. Aliosca, enamorándonos de Trinidad. Y Flor de Paz, una senda de amor para organizar la obra de su padre, el escultor José Delarra…

René Castaño y su mirada urgente a los Jardines de la Tropical. Orlando, desde Colón, con sus historias sonoras. Roberto y la Agencia Cubana de Noticias, desde la Matanzas de los puentes y la lira. Yanais, Liuba, Yankiel y la heredad patrimonial en Camagüey, Bayamo y Santa Clara. Por unos días, la localidad sustituyó a los nombres. Con orgullo indecible, me volví Santiago de Cuba. Fue así de diverso y fértil. Fue más.

Ando escribiendo estas líneas para agradecer, para compartir el extraño sortilegio que convirtió a los desconocidos en cómplices de la virtud, como pedía Martí. En los abrazos fundidos y  los abrazos virtuales, América se apretó en un haz. La despedida, como diría Vallejo, fue «trilce»: triste y dulce a la vez.

Casi al final sobrevino el encuentro con el que anda La Habana, con el artífice de la utopía. Dijo poco, pero bastó su mirada. Una pasión inflama a otra. Tomo de las redes sociales lo que apunta el colombiano José Perilla, otro de los participantes: «Nunca nadie supo cómo. No habría certeza posible. Simplemente, una tarde con el sol crucificado en la mitad de la plaza, Eusebio apareció. Como la fe».

Lleva razón. Sin fe no hay trigo que se troque en pan, ni lo hay sin sudores. En las manos están las huellas y está el poder. Patrimonio no son las piedras, son sus latidos.

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