La discrepancia y la unidad

Autor:

Osviel Castro Medel

Las encrucijadas de Cuba parecen renovarse una y otra vez desde los tiempos en que dejamos de ser almohada tranquila y nos convertimos en montaña rugiente.

Uno de nuestros lances más repetidos y complicados ha sido la búsqueda de la unidad en medio de tempestades. Sin ella no hubiéramos caminado esta larga ruta y la nación fuera hoy una caricatura de eslabones dispersos.

Pero debe decirse que, acaso por ese dilema de tan larga data, la unidad se ha confundido muchas veces con la unanimidad suprema o la avenencia sin una sola discrepancia.

Repasemos el pasado cercano —o el lejano— y encontraremos numerosas escenas de este tipo: «Los que estén de acuerdo que lo expresen levantando la mano. ¿En contra? ¿Se abstienen? Aprobado por unanimidad».

El episodio se ha reiterado no solo para el análisis de asuntos nimios sino también en el debate sobre problemas decisivos del país y sus gentes, algo que, al final, no le ha dado todas las riendas soñadas a nuestra democracia.

A esas cuestiones se ha referido en varias ocasiones, con claridad meridiana, el propio Raúl, una señal de que desde los máximos escalones del país ha existido el anhelo de promover el diálogo serio y abierto, aunque no siempre se haya logrado, tal vez porque en el «descenso de niveles» algunos se fueron sin señas, como suele decirse en el béisbol.

No deberíamos olvidar que desde la dirección del Partido se estimuló un amplio debate popular después del discurso del entonces Segundo Secretario, el 26 de Julio de 2007 en Camagüey, en el que, por cierto, se llamó a trabajar con sentido crítico y creador sin anquilosamiento ni esquematismos.

Tampoco hemos de obviar que en otros momentos —como cuando sesionaron los célebres parlamentos obreros— la nación, espoleada por las instancias supremas, se ha visto inmersa en análisis y consultas de diferentes matices. Las divergencias condujeron a medidas más comprensibles por el pueblo.

Por eso no fue casual que en el Informe Central al 7mo. Congreso del Partido, presentado por su Primer Secretario, hace poco más de dos meses, se conceptualizara magistralmente el binomio unidad-discrepancia.

«No tenemos ningún miedo a opiniones distintas ni a las discrepancias, pues solo la discusión franca y honesta de las diferencias entre los revolucionarios nos conducirá a las mejores decisiones», se expone en el referido documento, el que también reconoce que el Partido, como organización rectora de la sociedad, «está obligado a potenciar y perfeccionar de manera permanente nuestra democracia, para lo cual es imprescindible superar definitivamente la falsa unanimidad, el formalismo y la simulación».

En esa cuerda, se realiza ahora otro debate nacional —en el que participan la militancia del Partido y la Juventud y también muchos no militantes— sobre la Conceptualización del modelo económico y social cubano, y sobre el Plan de desarrollo… hasta el 2030.

Son grandes temas, alejados totalmente de la sencillez y la ligereza, los que están a debate; de manera que no deberían ser el apuro o el formalismo los elementos que primen.

Si esos vicios, en ocasiones latentes y latientes, contaminaran los análisis, estaríamos perdiendo una oportunidad de contribuir a la materialización de un socialismo más participativo, sólido, libre y próspero, una palabra que siempre nos hizo falta y de vez en vez vimos con extrañeza.

Ojalá que con la mayor pluralidad y transparencia posibles —en esta y en otras discusiones— podamos influir en esas «mejores decisiones» referidas en el 7mo. Congreso sin que, por supuesto, se nos desplome la unidad, motor impulsor de la Revolución y por la que tanto lucharon nuestros padres fundadores.

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