Las sagas por contar

Autor:

Alina Perera Robbio

La historia es una línea viva que conecta todo tiempo y suceso. Sería imperdonable olvidar que ahora mismo la estamos haciendo y que es tan humana, apasionante y entendible como la que nos ha precedido y estamos en el deber urgente de conocer y enseñar.

Sobre el tema, he recordado en estas horas el impacto que hace algunos años tuvo en mí y en otros colegas ver juntos, en el recinto de nuestro diario, el serial titulado La senda de la felicidad; y haberlo hecho en compañía de uno de sus realizadores, quien se dio a la hermosa tarea de reconstruir la terrenal vida de su tío abuelo, Raúl Gómez García, integrante de la Generación del Centenario y uno de los asaltantes al cuartel Moncada, torturado y asesinado por los esbirros con solo 24 años.

De aquel serial que también fue transmitido por la Televisión me quedé con testimonios grabados con fuego en la memoria, como el ofrecido por la heroína del Moncada Melba Hernández. Me conmovió escuchar de los labios de esta extraordinaria mujer integrante del grupo que asaltó el Hospital Civil Saturnino Lora, cómo es que en un momento, al tener la certeza de la imposibilidad del triunfo militar, Abel Santamaría y sus compañeros decidieron combatir, y así lo harían «hasta que se acabaran las balas...».

El día que vimos el serial recordamos que la heroicidad no es un asunto del cielo; se hace con seres humanos, se labra si la época lo pide: Raúl Gómez era un muchacho juguetón, cariñoso, amante del deporte, risueño y de excelente carácter. Cuentan que le vieron de mal humor, maldiciendo y dando puñetazos sobre una mesa, el día que regresó a la casa luego de que ninguna imprenta de La Habana quisiera publicar su texto-denuncia Revolución sin juventud, escrito a raíz del golpe de Estado que dio Fulgencio Batista.

Este joven que escribió el Manifiesto del Moncada por instrucciones de Fidel, que compuso el poema Ya estamos en combate, este intelectual, que terminó con un fusil en la mano, amaba las pequeñas cosas de la vida; tenía un gato bautizado Pozdablón que se desorientó al sentir que su dueño no volvería; gustaba de hacer bromas, nadaba en el río del pueblo y perseguía a su cuñada para que le preparase su plato preferido: una suculenta tortilla que él llamaba «de tres pisos».

El héroe fue al combate por un ideal, al precio de renunciar a todo bien cotidiano, incluso a la cercanía de la mujer que más intensamente quiso y a la que un día le escribiera: «Hace mucho tiempo que no escribo una carta de amor..., ahora lo hago con gusto..., con el placer que tiene siempre el perfume nuevo... Estos días “de prisa” no son un martirio... son un sendero».

Mis líneas no son fortuitas en días cercanos a los festejos por el 26 de Julio, y a poco de que el Parlamento cubano en su 7mo. Período Ordinario de Sesiones, en su Octava Legislatura, haya analizado el tema de la enseñanza de la historia en nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

Fue en la Comisión de Atención a la Niñez, la Juventud y la Igualdad de Derechos de la Mujer, donde se abordó tan medular asunto, y donde tomando como punto de partida resultados de intercambios sostenidos por los diputados en 12 municipios de cinco provincias de la Isla, se arribó a consideraciones como atender que muchos alumnos asumen el estudio de Historia de Cuba como ejercicio memorístico que no incluye interpretación de contenidos; que falta preparación y motivación de los profesores de Historia en los niveles de enseñanza básica, y que inadecuados métodos de evaluación dan al traste con una comprensión útil de la historia.

«Las principales inquietudes, según el sondeo, giran en torno a la dificultad de estudiar los temas actuales, cuando los protagonistas están vivos y aún se siente el calor del proceso». En el texto presentado en la Comisión, además, se ratifica la necesidad de ampliar la producción de audiovisuales, videojuegos y otros soportes de las nuevas tecnologías, con el propósito de acercar los contenidos a las nuevas formas que tanto atraen a los más jóvenes.

A muchos cubanos de bien preocupa el tema que, afortunadamente, también está en la agenda del Parlamento. Hay conciencia de que si la memoria histórica se debilita, si lo que hemos sido no encuentra espacio en el presente —porque prevalezcan ciertos olvidos, o porque leer está dejando de seducir a muchos, o porque no haya quien sepa transmitir lo vivido o lo leído—, estaremos poniendo en riesgo cualquier proyección hacia el porvenir, habitaremos un presente estéril, marcado por la inmediatez, por la probable repetición de errores, por el desconocimiento de nosotros mismos y por la insensibilidad.

Un asunto tan importante como la enseñanza de la historia no puede estar entre lo más aburrido, ni puede dejar para mañana la formación de quienes tendrán consigo la responsabilidad de transmitir el complejo y rico universo que es la memoria de todos.

La tarea inmensa está en contar sobre nuestra virtud como se cuentan las mejores sagas (que muchas son asombrosas, y hasta trepidantes), porque en tal virtud habitan la autoestima, la espiritualidad, la capacidad para lo heroico y, en definitiva, la razón de ser como cubanos.

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