Veintidós disparos que acribillaron a Santiago

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

Parece que el que está fatal soy yo. Me separé de Navarrete y ya tengo la policía aquí…, comenta el joven sin que la certeza del hecho le dé alguna posibilidad al miedo o la impaciencia.

Desde la cercana esquina de San Germán y Gallo, en Santiago de Cuba, avanza la muerte. Dos cuadras más abajo de la habitación que lo acoge, en aparatoso despliegue, se han congregado fuerzas combinadas del SIM, el Ejército, la Policía Nacional y la Marina de Guerra, con el despreciable José María Salas Cañizares a la cabeza.

Registrar todas las casas con numeración par en la calle San Germán, desde la esquina de Gallo en adelante, había sido la orden del prepotente jefe militar.

Aunque se sentía perseguido, dos tareas ocupaban casi obsesivamente al joven luchador por aquellos días. Solo le pedía a la vida que le diera un mes para poder dejar bien organizado el abastecimiento de armas y hombres a la Sierra, y articular un plan nacional de acción y sabotaje que creara un clima insurreccional insostenible, había escrito a su cercana compañera Haydée Santamaría.

Por eso, desde las 2:30 de la tarde del martes 30 de julio de 1957, previo acuerdo telefónico, en la casa donde se escondía, arreglaba con el jefe de Acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio en Guantánamo, Demetrio Montseny Villa (Canseco), los detalles para la compra clandestina de parques y otros pertrechos en la Base Naval de Guantánamo.

Villa vio esa tarde revolotear la alegría en su rostro. «Yo sabía que ustedes no me iban a fallar, pero hay que conseguir más armas y parque…», le había dicho el joven jefe, al tiempo que le mostraba una carta de Fidel, en la que se hablaba de la difícil situación con los pertrechos que atravesaba la guerrilla en la Sierra.

Días antes, le comentaba de paso, el joven revolucionario, acompañado del gordo Navarrete, había escapado de milagro de una encerrona de la policía. Por las ventanas, podía ver él a Salas Cañizares, en persona, dirigiendo el registro.

Contaba el recio jefe, sin imaginar otra vez la cercanía del execrable esbirro, quien el mes anterior había sido nombrado jefe militar de la plaza de Santiago, con el aval de sus terribles métodos, los mismos que le valdrían entre la población el apelativo de Masacre.

La saña y el odio caminaban en pos de la vivienda No. 204, en que se producía la reunión entre los jefes, la misma donde tenía muy pocas posibilidades de escape, por estar en una esquina y carecer de salida trasera; mas el héroe no se inmuta. Lo asume como otra más de las pruebas que le impone la rutina del clandestinaje y aunque adopta las medidas de rigor, como esconder entre dos tablas de la pared la carta de Fidel, se mantiene sereno.

Tal vez llenaba su alma en aquellos instantes aciagos con la imagen de su amada novia América Domitro Terlebauca, quien justo aquel 30 de julio, con ayuda de la combatiente Graciela Aguiar, se encargaba de la compra de algunas prendas azules, blancas y nuevas para el mínimo ajuar de la boda que preparaban en la clandestinidad. Tal vez su deseo de crear una familia era su mejor refugio aquella tarde.

La dueña de la casa era, en cambio, un mar de nervios cuando se asomó por la ventana del cuarto, para informar del registro. Casi a la carrera, por la calle Corona, aguijoneado por el secreto y la responsabilidad de tener al jefe en su casa, llegaba Raúl Pujols desde la ferretería Boix, donde trabajaba y adonde había sido avisado por Bessie, vecina y militante de su célula.

¿Por qué no nos vamos todos en la máquina?, aprovecha Villa para proponerle. La respuesta del jefe de la clandestinidad  es el retrato de la calma y la meditación: «Otras veces ha ocurrido lo mismo…», dice y avanza hacia el teléfono.

—Bueno, está bien, no hay problemas…, son las palabras del jefe, interrumpiendo la voz de Mónica (Vilma Espín), que del otro lado del auricular le informa sobre el cumplimiento de una tarea.

El jefe, el único que está armado, da instrucciones a Pujols de despedir a los combatientes guantanameros como familiares y de volver a la ferretería. «El Movimiento me ha responsabilizado con tenerte aquí, y si ocurre algo muero contigo…», es la enérgica respuesta de Raúl Pujols.

Villa vuelve a insistir en su proposición de que los acompañe. «Tres hombres juntos harían más sospechosa la salida», le responde en su afán de no comprometer a sus compañeros y les reitera la orden de irse.

Pueden oírse ya los pasos de la soldadesca, el murmullo de la barbarie. «Ven con nosotros, repite otra vez Montseny Villa. «No, es más fácil que me vaya a pie. Hagan lo que les digo, váyanse». Y esta vez la respuesta del líder es terminante. Usa en ella toda su experiencia en el clandestinaje, todo el rigor y la ternura de su carácter.

Con el fragor de la preocupación, quemándole las entrañas, Demetrio Montseny Villa y José de la Nuez (Basilio), los guantanameros parten. «Vete tranquilo, que mi vida responde por él…», fueron las últimas palabras a Villa de Raúl Pujols.

Esa misma decisión le abrigaba cuando, minutos más tarde, salió de su vivienda junto al líder estudiantil santiaguero. Y hubiera logrado proteger al jefe, de no ser por la delación de un antiguo alumno de la Escuela Normal para Maestros de Oriente, que en el chequeo de los transeúntes le informó a Salas Cañizares.

Aquel era Frank País García, el jefe de los revolucionarios en el llano, el hombre más buscado. Justo a las 4:15 de la tarde, una descarga de 22 plomos estremeció violentamente el cuerpo del mayor de los País García, dejándolo sin vida. Junto a él, la sangre de Raúl Pujols tiñó también de rojo la estrecha geografía del Callejón del Muro.

Veintidós disparos que acribillaron la ciudad santiaguera y fueron sentidos por todo un pueblo que salió a la calle presintiendo que algo muy grande había ocurrido.

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