Estado, ni omnipresente ni ausente

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

El Estado cubano vive su «efecto hibris». Como en la mitología griega, intenta encontrar sus límites verdaderos. Según aquellas creencias, todo lo que descuella en demasía recibe los rayos y dardos de la divinidad.

El cuerpo de esa insoslayable institución para la justicia, la libertad y la soberanía en Cuba, desproporcionado por años, cede en tamaño y funciones, sin que ello implique hacerlo en propósitos, ni en autoridad.

Lo corrobora la aceptación de que una cosa es el Estado como propietario en nombre de la nación y del pueblo, y otra los diversos modelos en que puede gestionarse la propiedad, uno de los vuelcos conceptuales más notorios.

Esa aclaración permite avanzar en la ampliación del trabajo por cuenta propia o la pequeña propiedad personal o familiar —incluso la prevista aceptación del concepto de propiedad privada, hasta la escala de pequeñas y medianas empresas—, la apertura experimental de cooperativas en el sector no agropecuario, la entrega de tierras ociosas en usufructo, el arrendamiento de locales estatales de servicios, y el incipiente propósito de transformar la empresa estatal socialista, vista como el corazón de la economía y de la actualización.

Esas transformaciones permiten saltar la barrera de una economía y una sociedad fuertemente verticalizadas hacia otra más horizontal, con formas más socializadas de gestión de la propiedad, y en la que se definen las diferencias entre la propiedad estatal y la social, en beneficio de la segunda; todo lo cual debería zanjar el arrastre de las experiencias socialistas con respecto a la enajenación de los trabajadores de los procesos productivos.

Pero esas transformaciones no liberan al tropicalizado socialismo cubano de la misma interrogante que se hizo el fundador del primer proyecto político de este carácter: ¿Qué es el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación?», se preguntaba Vladimir I. Lenin, autor de un texto trascendental como El Estado y la revolución.

Para Lenin el tema del Estado era uno de los más complicados y difíciles, y tal vez aquel en el que más confusión han sembrado los eruditos, escritores y filósofos burgueses. Y como sabemos, las confusiones y los «confusionistas» nos acompañan hasta hoy, aunque, para Lenin, aquella tenía que ser una interpelación en permanente respuesta.

Así que no es fortuito que entre los grandes dilemas del socialismo cubano aparezca cuál debería ser el cuerpo exacto y la función de esa institución, cuyo origen y atribuciones fueron analizados por numerosos estudiosos del socialismo, como Carlos Marx y Federico Engels, autor este último de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

La interrogante leninista devino dura prueba —ante la que no pocos se desvanecieron— para la teoría y la práctica socialistas. También desde los primeros días este proceso fue perseguido por el «fantasma» del tipo de Estado sobre el cual se estructuraría, y la forma en que se relacionaría con el resto de las instituciones y los ciudadanos. Esa es la razón por la que el Che debió responder a la provocación desde el temprano 1965.

En carta a Carlos Quijano, editor del semanario uruguayo Marcha, admitió que es común escuchar, de boca de los voceros capitalistas, como un argumento en la lucha ideológica contra el socialismo, la afirmación de que este sistema social o el período de construcción del socialismo al que estamos abocados, se caracteriza por la abolición del individuo en aras del Estado. El freno mayor que hemos tenido, apuntó, ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más importante ambición revolucionaria, que es ver al hombre liberado de su enajenación.

Así que la visión guevariana nos perfila otra disyuntiva: la de cómo armonizar los intereses individuales y los sociales; algo muy fácil de escribir, pero difícil de alcanzar, aun en medio de las rectificaciones y transformaciones en marcha.

Expresiones de ese fenómeno, por ejemplo, condujeron al Consejo de la Administración en la capital a fijar los precios de los trasportes particulares para evitar una abusiva escalada especulativa. Sin embargo, pese a lo justo y oportuno de la medida, no se debe desconocer que existen diversas preocupaciones y demandas de estos trabajadores privados, como reveló una entrevista de este diario a un represente sindical en la urbe.

Este tipo de hechos nos ubican claramente en el escenario de una sociedad menos homogénea, en la que comienzan a entremezclarse diversas expectativas e intereses, y en la que parte importante de esa autoridad que todos queremos y reclamamos para nuestro Estado dependerá de su inalterable sentido de la justicia, y también de su capacidad de «concertación», esa palabra que abre al consenso y deberá tener un lugar especial en la política.

Lo inadmisible sería el salto de un Estado que, en algunos casos resultó omnipresente, a otro ausente.

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