Lo extraordinario, el amor

Autor:

Alina Perera Robbio

Habiendo desentrañado como pocos el alma del Apóstol, Fidel puede pronunciar como suyo ese verso martiano que tiene materia de eje, de núcleo en torno al cual gira todo el universo de una vida: «Yo solo sé de amor», que declaró en poema inolvidable, afiebrado y casi críptico, José Martí. De esa línea parecen haberse desprendido cada acción del Maestro y de su mejor discípulo.

Nada de la existencia, con todas sus alegrías y penas, ha dejado de preocupar, asombrar o inquietar a una persona tan sensible como Fidel. Es privilegiado aquel que por razones imponderables le tiene cerca o le ve con frecuencia; y de quienes le hemos visto en primer plano alguna vez, o algún par de veces, podría decirse lo que el poeta nicaragüense Rubén Darío dijera del Apóstol: « (…) quien se acercó a él, se retiró queriéndole».

Sin dudarlo un segundo, puedo afirmar que el momento más gratificante que tuve con el Comandante en Jefe en primer plano se produjo en 1997. Entonces era yo casi una recién graduada y las circunstancias me llevaron a vivir, junto con otros colegas, un diálogo con el líder histórico de la Revolución, cuyo tema fue sencilla y grandemente el Amor.

De lo que se dijo aquella noche quedó como recuerdo un texto publicado en este mismo diario, el domingo 23 de marzo de 1997. Tiene como título una idea dada por el especial interlocutor, a modo de premisa si se habla de amores verdaderos: «Siempre tiene que haber pasión».

Gracias a una labor vertiginosa y que apeló a la memoria, emprendida por la colega Magda Resik Aguirre y esta servidora, momentos después de aquel diálogo, pudimos rescatar hasta hoy, y especialmente para los más jóvenes, estas líneas donde Fidel hizo una definición cuya exactitud me ha sido confirmada con el paso de los años: «Ningún amor es igual a otro —afirmó entonces, risueño y cómplice, un admirable conocedor de la naturaleza humana—. El amor tiene mucho de química y hay tantos amores como químicas. El amor también necesita tácticas. Es una contradicción, sin contradicción no se alimenta. Hay amores más cortos, más largos, más pacíficos… pero siempre tiene que haber pasión».

Alguien le comentó seguidamente que también existen amores inventados, como los que ha descrito Gabriel García Márquez en sus libros. Y Fidel habló entonces como levantando el polvo y la hojarasca de paisajes contados por su amigo el Gabo: «Esos amores son de los pueblos en que él vivió, donde había amores largos que duraban toda la vida… A veces eran amores concertados que iban construyendo el amor verdadero y eran estables».

En aquella conversación tan grata de principio a fin, a propósito de la timidez, el Comandante en Jefe compartió diversas ideas sobre el tema que iguala a todos los seres humanos: el Amor. Estampadas sobre el papel, quedaron estas palabras: «A uno siempre le gusta que lo enamoren, pero yo prefería enamorar, porque cuando me enamoraban, a veces yo me sentía acosado, no sabía qué hacer, como que me molestaba que me asediaran».

Alguien quiso ir más lejos e indagó: «Usted no comparte ese estilo moderno de que las muchachas sean las que enamoren y tomen la iniciativa…». La respuesta del cubano de su tiempo y de tantos otros no se hizo esperar. A modo de confesor travieso fue categórico, con lo cual, por cierto, me regaló un consejo que momentos antes yo le había solicitado por esos percances que deparan los asuntos del amor y el desamor: «Las mujeres nunca deben demostrarle a un hombre demasiado que lo quieren, porque cuando un hombre se entera de que están enamoradas de él se da importancia. La indiferencia es lo más estimulante en el amor».

Y como la existencia está tejida de matices, aunque comentó no ver como prudente ni recomendable que las mujeres sean quienes enamoren, recordó que no dejaba «de ser agradable si a uno le gustaba la muchacha».

Otras preguntas hicieron posible aquel intercambio útil y hermosísimo:

—¿Le gustaba regalar flores?

—Sí, me gustaba. Lo que casi nunca lo podía hacer.

—¿Y a usted no le gustaría que alguna mujer le regalara flores?

—Me emociona mucho.

—¿Qué es lo que a sus ojos distingue a la mujer cubana?

—Que es muy dulce.

Hubo destellos hilarantes, ocurrencias insuperables, más consejos y evocaciones. Lo extraordinario fue ver cómo un gigante, con tantos asuntos urgentes y enormes sobre sus hombros, había dedicado espacio y tiempo para un tema que provocó el asombro de todos.

Para mí la explicación sobre tan inusual encuentro ha estado visible desde aquel día de 1997: a Fidel nada humano le resulta trivial, mucho menos los asuntos alusivos al Amor y al desamor. Por eso aquella inolvidable noche en el Consejo de Estado, el gladiador por la felicidad de sus semejantes supo entrever, entre bromas, ocurrencias y luces, la urgencia de un asunto extraordinario.

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