Sazón

Autor:

Raiko Martín

RÍO DE JANEIRO.— Llegó el fin de semana, fechas que por estas tierras significa, entre otras cosas, que es el momento ideal para disfrutar de una buena freijoada. O frijolada en español, aunque el término local sea completamente comprensible.

No hay un restaurante carioca que se respete que no tenga para degustar en su menú una buena porción de este plato típico en todo Brasil, y también de Portugal, donde muchas veces la variante que allí se utiliza es la del frijol blanco o rojo para su preparación.

Pasar por estas tierras y no probarlo es casi una herejía. A primera vista, parece un buen potaje de frijoles negros de los nuestros, aunque notablemente más recargado de carne. Pero a la freijoada también la distingue ese polvo de harina de mandioca —así se le dice aquí a la yuca— que se le añade cuando ya está cocinada, y que en muchas partes de esta nación se une a otros ingredientes como huevo o longaniza para hacer la no menos popular forofa.

Existen diferentes teorías sobre el origen de este plato tan popular, pero todos los expertos culinarios coinciden en relacionarlo con la llegada masiva de esclavos a estas tierras. Una de las versiones más aceptadas es que esta especie de guiso surgió cuando, tras los festines que realizaban los colonos en sus plantaciones, los esclavos recogían las sobras de carne y las volvían a cocer junto a los frijoles, logrando ese sabor inconfundible que ha trascendido hasta nuestros días.

Para nadie es un secreto que la freijoada es, junto a la caipirinha —en cualquiera de sus tantas variedades— y el carnaval, lo que el jamón pata negra a los españoles o el kebab a los árabes.

Por eso, los organizadores de esta magna cita deportiva no han perdido la oportunidad de incluirla entre los platos que podrán probar a diario las más de 15 000 personas —entre atletas, federativos y otro personal de apoyo—, que pasarán por la Villa Olímpica antes de que se extinga la llama del pebetero.

Antes de iniciarse los juegos, la idea fue que en el amplísimo comedor del reciento los moradores pudieran encontrar la mayor variedad de alimentos para satisfacer los más exigentes paladares, teniendo en cuenta gustos, factores culturales, dietéticos y religiosos. Y entre estos, los alimentos locales como el arroz, los frijoles o la tapioca, tendrían un lugar especial.

Entre las especialidades regionales se favorecería la disponibilidad de unas 40 variedades de frutas tropicales brasileñas, incluidas castañas de cajú, açaí, acerola, cupuaçu, siriguela, guayaba, jabuticaba y maracuyá, con las que también se harán los jugos.

El cálculo preliminar fue, en su momento, de 60 000 comidas servidas diariamente, para lo que se necesitarían 183 toneladas de alimentos, muy pocos importados como el kimichi, un vegetal fermentado traído especialmente para el consumo de los coreanos.

No sé si el plan se ha cumplido —la prensa no tiene acceso a la Villa—, pero hasta ahora ningún atleta de élite se ha quejado ante lo medios, al menos en la forma que los hiciera hace ochos años en Beijing el formidable velocista jamaicano Usain Bolt, quien según dicen terminó comiendo muchas alitas de pollo.

Lo que sí está comprobado es que, contrario a lo que pudiera pensarse, la comida rápida aparece entre las más solicitadas por los atletas, entre ellos, grandes estrellas. Su popularidad es tal que en uno de los turnos se agotó la disponibilidad de hamburguesas del punto de McDonalds, la cadena de comida «chatarra» que figura entre los patrocinadores más importantes del Comité Olímpico Internacional (COI) para este tipo de competencias. ¿Quién lo diría?

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