De apelativos...

Autor:

Iris Oropesa Mecías
UNA amiga amante del deporte, alegre,
enérgica, se me quejaba al teléfono de una
repentina crisis de identidad, que, además
de por la edad, era provocada por las múltiples
maneras en que la habían llamado en
una de sus caminatas mañaneras. «Lo mismo
he sido “mima”, que “mi herma”, que
”doña”, “tía” o “pura”, dependiendo de la
cuadra por la que ande trotando. En la del
pre de la esquina soy pura, con lo que me
aumentan como 13 años y un par de libras,
y dos cuadras más adelante, frente a la
cooperativa de la construcción, soy “mi
vida”, “mi cielo”, “chula”, en fin, ahí rejuvenezco
».
Sorprendida de haber compartido la
identidad de pura y niña en sí misma, me
comenta sobre lo interesante de los apelativos,
que pueden hacerte sentir de diversas
maneras, según las formas de tratamiento
de quienes quieren llamar tu atención.
Es cierto. A veces nos puede alegrar
el día que al preguntarnos la hora seamos
para alguien «su cielo», o «su sol»,
lo cual pareciera rayar en un halagador
fanatismo religioso. De igual modo, si
tuvimos un día de mal humor, la tapa del
pomo puede ser que alguien, para averiguar
si la guagua ya pasó, te pregunte a
ti: «Tía, ¿hace cuánto fue?». Pero si emociones
y sensaciones diversas generan
en los apelados los diferentes modos de
dirigirse a ellos, así mismo esas maneras
de reclamar la escucha de alguien dicen
mucho de quien habla, de su modo de
pensar y de actuar, y hasta de su actitud
ética podría dejar alguna seña.
Esa simple, pequeña palabra, que
mucho suele pasar inadvertida, puede revelar
incluso si nos sentimos bien o mal, alegres
o desanimados, al dirigirnos a otros.
Quien pide un favor a alguien desconocido
y lo llama «su puro», no deja la misma
impresión que quien apela al «compañero»
o con el menos usado «señor», aunque no
necesariamente haya una mala intención
en el primero, sino un uso inadecuado del
registro, pues el ansia de acercar afectivamente
al otro y la agudeza de motivar al
favor desde el halago se percibe en todos
los casos. Interesantes matices imponen la
situación comunicativa, el estado anímico,
la intención del hablante, su sicología (…).
¿Y cómo no pensar también que los
modos de apelar cambian según la situación
comunicativa, cuando otra de mis amigas
podría tomarse por zoofílica si sus
vecinos la escucharan llamando a su
«tigre», su «bestia» o a su «animal» en momentos
algo «romanticones»? Igual se
podría reflexionar —que no es lo mismo
que tener un prejuicio de antemano—
sobre las relaciones de poder y el pensamiento
machista, o acerca de las evoluciones
de la mentalidad, de la cultura y la
De apelativos…
DIARIO DE LA JUVENTUD CUBANA
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INTERNET: www.juventudrebelde.cu
ISSN: 0864-1412
Impreso en el Combinado
de Periódicos Granma
GRATITUD A MÉDICA Y ENFERMERA
Iliana Torres Serrano (Panchito Gómez
No. 277, apto. 7, entre Perfecto Lacoste y
Néstor Sardiñas, Cerro, La Habana) reconoce
públicamente el profesionalismo y la
entrega de la doctora Giselle Ricardo Acosta,
médico de la familia del Consultorio 3
del Policlínico Girón, y de la enfermera
Danay.
«Ellas, afirma, atienden a mi madre de
82 años, con varias enfermedades; y a mi
padrastro, que también está enfermo. A la
hora que he necesitado de la doctora, ella
está siempre en disposición de acudir a la
casa de mi madre con amor y dedicación».
Por ello sugiere que se le dé mantenimiento
a dicho consultorio, para que esté
más confortable. «Ellas merecen todo el
apoyo, argumenta, para que todos seamos
más felices de tenerlas como doctora y enfermera,
quienes, a pesar de ser madres,
con amor infinito nos entregan todo lo que
necesitamos de ellas».
Agradezco a su vez la gratitud de Iliana,
y solo modificaría la expresión: «a pesar de»
por «precisamente por».
Demociones por convocatoria excluyente
sexualidad, cuando escuchamos a los muchachos
cubanos llamar a sus amigos del
mismo sexo como «papi», a semejanza de los
artistas boricuas de su preferencia. (…).
De nuestra cultura nacional, rica, marcada
en mucho por la sociabilidad que
imponen la condición de isleños, nuestro
proyecto social de colectivismo y todo lo
que hace, según Guillermo Rodríguez
Rivera, que los cubanos piensen en sí
mismos como un «nosotros», suenan
siempre cubanísimos y cercanos «mi hermano
», «ecobio», «mi socio», «monina»,
«yunta».
El eterno «compadre» pasa sin deslucirse,
y se enraiza en nuestra historia lingüística
con aires de proximidad espiritual el ya
patrimonial «asere», que después de marcado
con el tabú injusto del siempre enigmático
conjunto de monos, ganó la Academia
y sigue vigente por el tono de criollísimo
afecto.
También el ya menos usado «el mío»
implicó durante mucho tiempo un sentido
profundamente expresivo, y «este tu niño»
gozó de simpática popularidad a la hora de
llamar a otros, acaso desgajado felizmente
del colorido personaje de una telenovela
cubana.
Más colectivos, para dirigirnos a un grupo
de cercanía marcada, llama mucho la
atención e invita a recabar en su historia el
uso de larga data de «caballero» —así,
aparentemente en singular por la caída de
la silbante final, pero manteniendo su marca
de grupalidad. «Caballero», y no «caballeros
», es simplemente, ustedes, cubanos
como yo, cercanos a mi corazón. Por no
entender eso cuando una vez invité a un
grupo de amigas: «caballero, vamos a
almorzar», la estudiante inglesa inspeccionó
toda el aula en busca del gentleman.
Tema largo para reflexión de lingüistas y
hablantes es el de los apelativos. Tema
que promete descubrir un mundo de historias,
detalles de nuestros mestizajes, interesantes
emociones y misterios del alma
humana/cubana en brevísimas y poco percibidas
palabras. Basta ahora con avivar el
interés, y de paso con exhortar a que se
halle el dominio lingüístico y el ánimo suficientes
para crear normas propias, incluso
en esto de las formas de tratamiento, a fin
de sentirnos cómodos con el lenguaje y
poder expresar los matices únicos de la
personalidad. Por eso hay quien llama a
todos como «amigo», quien prefiere el cariñoso
«mi negra», y aquel que es inconfundible
por apelar al otro como «mi chini». Mis
compañeras de confianza son para mí
«ladies», a mi amigo cercano le pregunto
«¿Qué crees de este tema, buen hombre?
», y a los lectores cubanos se les puede
decir, en sencilla y jaranera complicidad,
«aquí se acabó este comentario, caballero
».

Una amiga amante del deporte, alegre, enérgica, se me quejaba al teléfono de una repentina crisis de identidad, que, además de por la edad, era provocada por las múltiples maneras en que la habían llamado en una de sus caminatas mañaneras. «Lo mismo he sido “mima”, que “mi herma”, que ”doña”, “tía” o “pura”, dependiendo de la cuadra por la que ande trotando. En la del pre de la esquina soy pura, con lo que me aumentan como 13 años y un par de libras, y dos cuadras más adelante, frente a la cooperativa de la construcción, soy “mi vida”, “mi cielo”, “chula”, en fin, ahí rejuvenezco».

Sorprendida de haber compartido la identidad de pura y niña en sí misma, me comenta sobre lo interesante de los apelativos, que pueden hacerte sentir de diversas maneras, según las formas de tratamiento de quienes quieren llamar tu atención.

Es cierto. A veces nos puede alegrar el día que al preguntarnos la hora seamos para alguien «su cielo», o «su sol», lo cual pareciera rayar en un halagador fanatismo religioso. De igual modo, si tuvimos un día de mal humor, la tapa del pomo puede ser que alguien, para averiguar si la guagua ya pasó, te pregunte a ti: «Tía, ¿hace cuánto fue?». Pero si emociones y sensaciones diversas generan en los apelados los diferentes modos de dirigirse a ellos, así mismo esas maneras de reclamar la escucha de alguien dicen mucho de quien habla, de su modo de pensar y de actuar, y hasta de su actitud ética podría dejar alguna seña.

Esa simple, pequeña palabra, que mucho suele pasar inadvertida, puede revelar incluso si nos sentimos bien o mal, alegres o desanimados, al dirigirnos a otros.

Quien pide un favor a alguien desconocido y lo llama «su puro», no deja la misma impresión que quien apela al «compañero» o con el menos usado «señor», aunque no necesariamente haya una mala intención en el primero, sino un uso inadecuado del registro, pues el ansia de acercar afectivamente al otro y la agudeza de motivar al favor desde el halago se percibe en todos los casos. Interesantes matices imponen la situación comunicativa, el estado anímico, la intención del hablante, su sicología (…).

¿Y cómo no pensar también que los modos de apelar cambian según la situación comunicativa, cuando otra de mis amigas podría tomarse por zoofílica si sus vecinos la escucharan llamando a su «tigre», su «bestia» o a su «animal» en momentos algo «romanticones»? Igual se podría reflexionar —que no es lo mismo que tener un prejuicio de antemano— sobre las relaciones de poder y el pensamiento machista, o acerca de las evoluciones de la mentalidad, de la cultura y la sexualidad, cuando escuchamos a los muchachos cubanos llamar a sus amigos del mismo sexo como «papi», a semejanza de los artistas boricuas de su preferencia. (…).

De nuestra cultura nacional, rica, marcada en mucho por la sociabilidad que imponen la condición de isleños, nuestro proyecto social de colectivismo y todo lo que hace, según Guillermo Rodríguez Rivera, que los cubanos piensen en sí mismos como un «nosotros», suenan siempre cubanísimos y cercanos «mi hermano», «ecobio», «mi socio», «monina», «yunta».

El eterno «compadre» pasa sin deslucirse, y se enraiza en nuestra historia lingüística con aires de proximidad espiritual el ya patrimonial «asere», que después de marcado con el tabú injusto del siempre enigmático conjunto de monos, ganó la Academia y sigue vigente por el tono de criollísimo afecto.

También el ya menos usado «el mío» implicó durante mucho tiempo un sentido profundamente expresivo, y «este tu niño» gozó de simpática popularidad a la hora de llamar a otros, acaso desgajado felizmente del colorido personaje de una telenovela cubana.

Más colectivos, para dirigirnos a un grupo de cercanía marcada, llama mucho la atención e invita a recabar en su historia el uso de larga data de «caballero» —así, aparentemente en singular por la caída de la silbante final, pero manteniendo su marca de grupalidad. «Caballero», y no «caballeros», es simplemente, ustedes, cubanos como yo, cercanos a mi corazón. Por no entender eso cuando una vez invité a un grupo de amigas: «caballero, vamos a almorzar», la estudiante inglesa inspeccionó toda el aula en busca del gentleman.

Tema largo para reflexión de lingüistas y hablantes es el de los apelativos. Tema que promete descubrir un mundo de historias, detalles de nuestros mestizajes, interesantes emociones y misterios del alma humana/cubana en brevísimas y poco percibidas palabras. Basta ahora con avivar el interés, y de paso con exhortar a que se halle el dominio lingüístico y el ánimo suficientes para crear normas propias, incluso en esto de las formas de tratamiento, a fin de sentirnos cómodos con el lenguaje y poder expresar los matices únicos de la personalidad. Por eso hay quien llama a todos como «amigo», quien prefiere el cariñoso «mi negra», y aquel que es inconfundible por apelar al otro como «mi chini». Mis compañeras de confianza son para mí «ladies», a mi amigo cercano le pregunto «¿Qué crees de este tema, buen hombre?», y a los lectores cubanos se les puede decir, en sencilla y jaranera complicidad, «aquí se acabó este comentario, caballero».

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