Nombre común: el de todos

Autor:

Omar Olazábal Rodríguez

He aprendido mucho en los últimos dos meses. Caminar por los pasillos y escaleras de la Uneac es una perenne lección. Saludar a quienes leemos desde la infancia, o a creadores de pinturas o esculturas que nos deleitan desde el momento en que tuvimos sentido de la observación aguda, y también a los que vimos y vemos en las pantallas de cine y de televisión, o en las tablas ofreciendo ese arte que cautiva y somete, es un honor que se agradece eternamente.

También he aprendido de quienes, con una sencillez asombrosa, nos han acompañado con su música y sus voces. O de los que, desde las sombras, han hecho posible el arte, con su magia en las cámaras y luces, el maquillaje o el vestuario. Son tantas las manifestaciones del arte y la literatura reunidas bajo un mismo techo, que mi conciencia de filólogo me traslada a la Torre de Babel, solo que la altura de la nuestra es inconmensurable.

Y digo en los últimos dos meses, pues fue cuando me lancé a la aventura de narrar en imágenes, junto al joven realizador manzanillero Ernesto Bosch, un muy modesto acercamiento a la vida y obra de Nicolás Guillén. El guion de Ciro Bianchi para el documental me fue mostrando los secretos de esos pasillos y escaleras, los momentos de felicidad y también de agonía, la magnitud de debates por el bien de una nación que había emprendido un camino hacia lo desconocido, pero con la mente fija en un mejor futuro.

Pensar que soy yoruba, yoruba soy, cuando converso con mis colegas que conviven puerta con puerta en las oficinas aledañas, o que se reúnen a conversar sobre un tema de candente actualidad, siempre serios al entrar y sonriendo al salir, es la más fiel imagen de que tengo lo que tenía que tener. Ese equilibrio entre la creación y la responsabilidad por el bien común es un regalo divino.

Nicolás nos enseñó a escuchar a todos los distintos, porque todos somos un universo propio. A aconsejar a los que podrían estar confundidos en una coyuntura, pero que seguían pensando en un mejor porvenir. Nos mostró cómo se aclaran posiciones, cómo se defiende el argumento válido y cómo se agradece lo que nos fue brindado.

Veo a los fundadores de hace 55 años, la edad que dejo en unos meses, hablar con orgullo de lo que se ha hecho y con toda la moral de la que están investidos, de lo que resta por hacer. De abrir las puertas a esa oleada de talento más joven y fresco, el que debe seguir creciendo mirándose en la modestia de quienes nos antecedieron. Porque la sencillez es una de las formas más nobles de la grandeza y se refleja en el respeto a los que forjan ese futuro que algunos consideraron utopía y que seguimos creando, cada uno a su manera, con honestidad.

No me corresponde hacer recuentos. Soy solo uno de los 9 000 miembros de una organización que es reconocida como unidad de una vanguardia muy diversa pero bien cubana. Que vela a diario por la exaltación de nuestra nación, joven en comparación con otras instituciones, pero bien definida en su esencia por el pensamiento de los que la fundaron y engrandecieron.

Por eso, cuando subo a la oficina que queda justo encima de la mía, y con un te quiero se despide de mí el gran escritor que ahora la ocupa, como si me dijera un «hasta pronto», me viene a la mente la sonrisa enorme de Nicolás y su obra, esa que nos lega:

«Estar alerta para el duro remar; y toda el alma abierta de par en par».

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