Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El día que la virtud no nos sorprenda

Autor:

Alina Perera Robbio

Si hubiera contado con antelación esta historia a mi querido colega Michel Contreras, él, con su fino y vertiginoso sentido del humor, hubiera dicho en clara alusión a cómo muchas veces termino escribiendo aquello que se salió de lo monótono y me tocó: «Habrá crónica…».

Pues sí, tiene que haberla después de lo que me ha sucedido y que se destaca por bueno. Tiene que haberla, porque así como la maldad duele y nos incita a comentarla y lamentarla, cada gesto de virtud, como uno del cual hace pocos días fui destinataria, alivia y ampara.

La historia es que salí en busca de un servicio a través del cual optimizaría el funcionamiento de la computadora que es herramienta de mi oficio. Del taller, estatal, ubicado en la habanera esquina de Infanta y Zanja, regresé un buen día a casa muy complacida por la calidad del trabajo de reparación. Y a la mañana siguiente recibí una llamada telefónica mediante la cual una muchacha me notificaba la necesidad de regresar al taller, pues debían devolverme un dinero que por error numérico habían cobrado de más.

Una vez allí me explicaron que el precio de las piezas utilizadas ya no era el mismo de otros tiempos, y que yo debía firmar, por segunda ocasión, dos comprobantes de los cuales uno se iría conmigo.

Debo confesar que sentí sorpresa mientras atendía la llamada telefónica. Pensaba —y aquí está el núcleo de la reflexión—, que debemos preocuparnos cuando episodios de la honradez nos resultan, más que naturales, inesperados.

En mi imaginación desfilaron, tras recibir la agradable noticia, diversas variantes de posibles trampas: podrían haber desaparecido los modelos viejos y en su lugar, con la firma que yo había estampado, aparecer otros; podría yo no haberme enterado jamás del error enmendando, y estar feliz por la excelencia del servicio.

Pero la integridad tocó sobre mi hombro. Reparé en cómo por una suerte de reflejo condicionado nos hemos puesto a esperar, al doblar de cada esquina, más por el pillaje que por la rectitud, lo cual es una secuela de estos años difíciles en que el desgaste y las urgencias materiales han alcanzado las dimensiones del alma.

Con mucha frecuencia, entre colegas y amigos, nos hemos preguntado últimamente en nombre de qué muchos de quienes lidian con «recursos», con bienes materiales, tienden a medrar, a sacar cuentas extrañas, a dañar al otro a toda costa. ¿Acaso porque se ha impuesto una infinita cadena de necesidades y hay que resolver de cualquier modo? ¿Acaso porque la vida está cara y va a galope y no hay tiempo de mirar a la decencia, y se impone el desafuero, ya sea detrás de una pesa, o en un almacén, o detrás de un mostrador, o contabilizando y cobrando algún servicio al ciudadano?

Las circunstancias, esas que cada uno de nosotros conoce y vive un día detrás del otro en la Isla, pueden explicar —como dice un colega y maestro— la naturaleza de la conducta, pero no justificarla si en ella va la negación de lo mejor que el ser humano, tras siglos de batalla consigo mismo, ha podido depurar y cultivar.

Pienso que en toda elección que el Hombre hace, en cada camino que toma tras saltar una encrucijada, incluso la más dura, habita un asunto de conciencia. La situación material gravitará con su severo peso, pero siempre habrá un umbral donde nos revelaremos contra lo que nos convierta en rehenes dóciles de los impulsos más básicos.

Es cierto que seremos mejor sociedad cuando el bienestar, sostenible y tangible, abone el terreno donde pueda darse con mejores bríos la flor de la virtud. Mas desde ahora es un deber luchar porque los gestos de honradez, más que rara avis, sean episodios naturales. Cuando ese afán sea una realidad, sí podremos sentir (aunque a la casa le sigan faltando objetos) que hemos crecido donde más importa: las moradas de los sentimientos y de la conciencia.

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