La primera vez

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Lucía estrena mañana la primera aula de su vida, e inicia una impredecible aventura rumbo al saber. Lleva días mirándose al espejo con el uniforme escolar, en una nerviosa pasarela hacia lo desconocido. Se pregunta cómo será su primera maestra, qué niño le tocará al lado en el prescolar. Un cosquilleo le sube al pecho, y suda de incertidumbres.

La familia entera lleva tiempo dislocada con los preparativos. Que si la mochila y el estuche de la merienda, las medias nuevas... Que si cómete todo aunque el almuerzo esté malo, que si pórtate bien y atiende a la maestra, no hables con el de al lado... Con demasiadas interrogantes, Lucía mira a su mamá, quien parece haber matriculado otra vez el prescolar de sus recuerdos.

Para este umbral de los grados escolares, la maestra y la directora han solicitado de los padres el catre para la siesta de los pequeños, el cepillo de dientes, cubiertos, un jarro y una servilleta. Y el apoyo durante el curso. Porque todo lo demás está allí en el aula: papeles para rasgar, lápices de colorear, láminas y todo lo que promueva el juego y las habilidades, las asociaciones visuales.

Ya vendrán, a partir del primer grado, los libros que uno huele para siempre y anclan en la nostalgia, los abc de todas las materias, las complejidades cada vez mayores por vencer. Por eso el aula cubana nunca debiera extraviar el encanto y la belleza de los estrenos, el talento de sorprender, la travesura de aprender jugando o jugar aprendiendo. Y, sobre todo, la fuerza del cariño, el civismo, la savia patria. El filo de razonar, de pensar con cabeza propia.

Porque la escuela no es lineal ni expedita. Tiene sus alturas y bajíos, y se parece al barrio, la familia, la sociedad y eso que anda por ahí. La escuela es más que maestros y alumnos. Somos todos. Al final, no hay examen que te apruebe milimétricamente para la vida.

Aunque a algunos suene reiterativo, porque solo calibran la existencia en lo material y ganancioso, Lucía y cada cubanito de cinco años están a punto de realizar mañana una proeza, al entrar al aula. Y dependerá de muchos cómo esos aprendices salgan de ella al final.

Lucía y todos sus condiscípulos arribantes deberían sentir y recordar algún día a tantos pequeños que no podrán llegar a clases mañana en este mundo: niños yunteros, esquilmados por el trabajo, las guerras y hambrunas, niños precoces del dolor y la agonía, despedazados por misiles, kamikazes de crueldades adultas estallando en una orgía mortífera.

Entre tantas expectativas que no caben en la mochila ya preparada, la madre le pidió a la hija ayer que dibujara cómo se imaginaba su escuela. Y la niña, sin pretenderlo, estampó su sueño en una alegoría que nos alerta. Es «ese sol del mundo moral» que desde José de la Luz y Caballero nos alumbra, para que el aula de Lucía y tantos niños cubanos no entristezca nunca.

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