De necesidades, coyunturas y recuerdos del látex

Autor:

Juan Morales Agüero

A los cubanos nadie nos puede venir con cuentos chinos. Y mucho menos asustarnos con fabulaciones ni con cataclismos. Todas, las verdes y las maduras, las hemos vivido en carne propia. Hemos pasado el Niágara en bicicleta. Sin embargo, sobrevivimos. Con golpes de timón hemos capeado el temporal. Y aquí estamos.

Entre las opciones para ganar la orilla en medio de la borrasca económica figuraron las Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD). Le tiraron un cabo al país en la etapa más aguda del período especial. Algunos las recibieron con los puños crispados. Otros batieron palmas por su debut. Fueron un mal necesario. Lo seguirán siendo mientras existan limitaciones materiales.

Antes de que abrieran sus puertas las celebérrimas TRD, y aun antes de que el bloque socialista europeo se desmoronara como un castillo de naipes, nuestros hábitos de consumo rozaban lo convencional. La mayoría de los cubanos de la época vestía sin complejos ropa de látex, calzaba zapatos plásticos, escuchaba música en radiecitos Órbita, de la Casa de los Novios, consumíamos bebidas caseras… Era lo que había.

Las modistas hacían su verano en los meses de julio y agosto. Muchas adolescentes solían visitarlas para entallarse el último grito en materia de atuendos. Los varones les encargábamos nuestros pantalones de mezclilla. Y los fiñes emergían con un par de shorts hechos con la recortería. ¡Hasta los maletines de viaje los fabricaban las costureras con sacos de nailon!

Los tiempos dieron un salto sin malla protectora en cuestión de unos años. Látex devino término satánico de escasa presencia y simpatía. Dos de cada tres niños les exigen a sus padres mochilas de la shopping para ir a la escuela. Los zapatos plásticos,  que no pocos se ven, no encuentran pie ni siquiera para ir al trabajo voluntario. Un jean de mezclilla puede ser tildado de plebeyo si no exhibe una etiqueta. Y en cuanto a las costureras... bueno, yo creo que muchas hasta han olvidado el oficio.

La situación es difícil, tanto de explicar como de comprender. Obviamente, la doble moneda transformó estilos de vida. Tener acceso a los CUC fue algo así como el santo y seña para acceder a la bonanza material. El catalejo de la lógica divisó en lontananza las diferenciaciones que sobrevendrían.

En efecto, aunque están lejos de ser mayoría, por una u otra razón un número importante de compatriotas tiene ahora acceso a la divisa. Esos pueden de vez en vez darse una vuelta por las shopping y hacer sus compras. Otros, por el momento, deben contentarse con mirar los toros desde la... vidriera.

Mientras la recuperación económica no sea más sostenible, habrá que convivir con ese molesto status quo, aunque nos resulte duro de digerir. Hubo tiempo para enviar a la papelera de reciclaje el látex, los zapatos plásticos, la mochila casera, el pantalón mandado a hacer y las costureras. Solo que el contexto de hoy tiene otro sistema operativo.

El país realiza esfuerzos para que la situación actual no se prolongue demasiado y afecte lo mínimo a sus hijos. Sin embargo, no siempre querer es poder. De lo que se trata es de asumir en toda su dimensión la coyuntura y entender que existen males necesarios. Desde luego, cada cual tiene el libérrimo derecho a crearse expectativas. Pero debemos ser honrados con la verdad. Hay que poner los pies sobre la tierra.

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