Derramando reguetón

Autor:

Osviel Castro Medel

Han pasado ¡más de 11 años! desde que en estas páginas rebeldes publiqué ¿Prohibido el reguetón? (febrero de 2005), un reportaje que abordaba algunos matices de ese género, incrustado en nuestra cotidianidad desde hace buen tiempo.

En aquel momento algunos jóvenes, en réplica, llegaron a tildarme de «amarillista frustrado» y de «estancado en conocimientos» de música. Incluso una muchacha expuso textualmente: «Aunque te duela, el pueblo se siente representado con la letra del reguetón».

Fue necesario, por eso, escribir un segundo reportaje —Se cruzan balas por el reguetón (marzo de 2005)—, en el que plasmé criterios de los lectores —a favor y en contra— y aclaré que jamás estaría de acuerdo con la censura; que simplemente había invitado a una discusión por encima de lo «reguetoniano», a un debate sobre nuestros modos de hacer.

Claro que antes otros habían tocado el tema. En noviembre de 2004, por ejemplo, en el mismo JR un periodista de la talla de Pedro de la Hoz nos invitaba a descubrir «cómo, porqué y para qué el reguetón se inserta en el panorama musical cubano de estos días». Y de paso nos advertía que esta «propuesta comercial simplificadora» que «amenaza con inundarnos» se ha convertido en «realidad global» y ya hoy «nadie nos salva» de ella.

Acaso desde esa fecha hasta ahora algunos modelos reguetoneros hayan evolucionado. Al menos creo escuchar menos letras vanas, como aquellas que decían: «Chupa pirulí», «A las mujeres les doy tendón, debajo de la cama les doy tendón», o «Tra, tra, tra» (400 veces tra), o «¿Quiere que te lleve a Singapur? Si quiere que te lleve prueba mi yogur» y otras similares, dignas de olvido.

Hago este recuento porque a la vuelta de tanto tiempo me parece que ya no preocupa mucho si el género creció o menguó en calidad o si tiene 30 detractores y 3 000 defensores; creo que inquieta más el derrame exagerado del reguetón que prima en nuestra atmósfera, al punto que parece taparnos.

En estos dos meses estivales que acabamos de vivir fue muy frecuente —digamos— escuchar en plazas públicas un reguetón, luego otro, más tarde otro y finalmente, para refrescar, algo diferente: un reguentoncito. Incluso se dio el caso de que algunos temas reguetoneros se amplificaron cinco o seis veces durante una misma noche, como si dentro del género tampoco existieran otras propuestas.

Un país tan musical como el nuestro, cargado de muchas variedades sonoras, no debería parecer tan homogéneo y uniforme en sus celebraciones populares, tan colmado de lo mismo con lo mismo. Eso, sin comentar que hasta en ciertos cumpleaños infantiles el reguetón se ha convertido en golosina principal para festejar.

Cuando algo se repite hasta el hartazgo, sobreviene la monotonía, y la monotonía termina siendo hija de la mediocridad. Amplifiquemos reguetón, pero también la llamada salsa, las mezclas sabrosas que existen hoy, los ritmos caribeños cercanos como el merengue, que aparentan olvidarse cada día más.

Si seguimos con ese paso de reiteración, ¿sabremos bailar mañana otra cosa que no sea «esta cosa?». ¿Adónde irá a parar nuestra diversidad musical? ¿Cuál será nuestra singularidad culturalmente hablando? ¿Dejaremos que se sequen nuestro malecón y nuestro mar de sonidos?

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