El libro, un amigo que espera

Autor:

Miguel Cruz Suárez

Cada año que pasa y aunque nos duela reconocerlo, sobre todo en esta Isla donde todos sabemos leer y escribir (parece una perogrullada, pero aún en el mundo millones no pueden hacerlo), son cada vez menos los adolescentes que dedican parte de su tiempo libre a la lectura. Ante esta situación podría uno preguntarse, parafraseando la canción de Silvio Rodríguez: ¿será que pasó de moda la lectura? Y creo que, en cierto modo, la respuesta es afirmativa, porque a pesar de la concurrida Feria del Libro, que se extiende anualmente por toda Cuba, y de una recuperación en materia de impresión literaria, después del duro golpe que supuso el Período especial para el mundo editorial, los muchachos y muchachas leen mucho menos que las generaciones anteriores.

La aparición acelerada y ascendente de las opciones electrónicas de entretenimiento, que van desde el sencillo juego instalado en un teléfono hasta las más desarrolladas máquinas de esparcimiento computarizado, de conjunto con la proliferación de formatos digitales de video y sonido, constituyen una competencia muy seria para el libro.

Entonces, ¿cómo salvar ese preciado hábito?, ¿cómo fomentar ese gusto que enaltece el alma y nutre el intelecto?, ¿qué hacer para que, entre juego y juego (muchas veces violentos o enajenantes), o entre telenovela y telenovela, reguetón o salsa, se acomode un ejemplar de un texto edificante? Las respuestas pudieran hallarse en la familia, en ese espacio nuestro y cotidiano, donde se debe administrar el tiempo libre que tienen nuestros hijos y no sucumbir ante el facilismo de verlos en la tranquilidad aparente de un mundo del que casi nunca conocemos sus secretos, límites y abismos.

A veces propiciamos, o presenciamos inmutables, el doloroso suicidio intelectual de los adolescentes, sin percatarnos de que ese vacío cultural que los invade es casi tan nocivo como el daño de las drogas, porque los hace vulnerables y les impide soñar con otras metas u otros espacios de la vida en que la mediocridad no es compatible.

En ocasiones, nuestros hogares los adiestran (hablando en materia de entretenimiento audiovisual) como perfectos soldaditos del consumo y se van poblando de ilusiones —que son el alimento preferido en esas edades— lejanas de la realidad o el futuro que para ellos queremos.

Y no es que los libros resguarden per se de todos estos riesgos, pero, sin dudas, la lectura nos hace más completos y más capaces de escapar de los demonios o, como escribió una vez Federico García Lorca: «¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: “amor, amor”, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras».

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