La gran pulsada

Autor:

Nelson García Santos

El huracán Matthew ya es historia para el extremo más oriental de Cuba. Su estela devastadora se reveló con salvaje garra en Baracoa y, en otras localidades de ese territorio del país, Cuba entera estuvo muy pendiente en espera del desenlace de esa inquietante madrugada.

La incertidumbre sobre los efectos de su consumación acabó al esfumarse la noche y llegar la claridad sobre los escenarios azotados. El día mostró que el impacto destructor, por suerte, no resultó tan abarcador como se esperaba, aunque las escenas que desde aquí nos llegan pueden estrujarnos el alma.

Pero en esa pulsada entre lo que se nos venía encima y la estrategia de cómo amortiguarlo, definió las fuerzas y un esmerado plan de prevención que no dejó ningún cabo suelto. Si no hubiera sido así, seguro ahora estuviéramos escribiendo la crónica sobre un gran desastre, aquí y allá.

Como resulta lógico, tras el paso de un huracán solemos divulgar los daños directos, sin ponderar los costos indirectos, esos que se cuentan como cimientos de la gran estructura levantada para concretar una eficaz protección. Ese cuidado completo incluye a las provincias amenazadas y a las otras, que se convierten en suministradoras de recursos materiales y humanos.

En esta ocasión vemos partir hacia el oriente trenes especiales desde la capital del país, cargados de diversos equipos y medios de transporte. Otras caravanas marchan por carretera, desde varios territorios, con disímiles envíos y abundante calor humano.

Los contingentes en movimiento incluyen electricistas, constructores, personal de comunicaciones, de recursos hidráulicos, de salud pública… los esfuerzos y saberes necesarios para resarcir los daños en el menor tiempo posible.

Todo esto, unido a los iniciales trabajos de aseguramiento de instalaciones o el desmonte de equipos para su debido resguardo, el traslado de animales y mercancías hacia lugares seguros, y la evacuación de miles y miles de personas, también cuesta cifras millonarias, esas que, aunque no se cuenten, resultan daños indirectos de los huracanes.

El país, incluso en una circunstancia como ahora, con limitación en los combustibles y en otros ámbitos, dispone siempre —no por casualidad, sino por previsión— de reservas para resguardar a las personas y a los recursos materiales, cueste lo que cueste.

Por eso no resulta raro que en esa batalla siempre salgamos adelante, a golpe de perseverancia, valor y decisión. Esta vez, más temprano que tarde, será igual.

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