Fotoalérgicos

Autor:

Darian Bárcena Díaz

Confieso que no me gusta mucho tomarme fotografías. Amargas experiencias se encargan de gritármelo cada vez que observo alguna instantánea pasada de las que me han arrebatado casi sin pedirme permiso.

El motivo es simple: mi caso no se trata solo de un rostro poco agraciado, sino que, para colmo de males, siempre salgo con la mueca inoportuna en el momento oportuno —para los lentes de las cámaras y no para mí, por supuesto.

Recuerdo cuánto me afligía por esta razón, pues en la mayor parte de las fotografías todo el mundo salía favorecido. Yo simplemente salía. Así transcurría mi foto, perdón, mi vida (es un trauma irremediable) hasta que alguien, con esa espontaneidad —que a veces desemboca en molestia— tan característica de los cubanos, me soltó con la certeza de quien dice una verdad incuestionable: «Chico, tu problema no es la ausencia de belleza. ¡Tú eres fotoalérgico!».

Su neologismo me paralizó. ¿Fotoalérgico? Yo lo que sí sabía era que a esas personas que tienen la dicha de salir favorecidos en los retratos se les conoce como fotogénicos. Pero aquel término que acababa de conocer, de lo más sui géneris en mi opinión, me hizo permanecer atónito durante varios días.

Cuando logré asimilarlo, lo incorporé a mi vocabulario cotidiano, aun a sabiendas de que lo que repetía una y otra vez era un tremendo disparate, pero que en cierta forma me reconfortaba. Aunque usted no lo crea, el estatus varía de incómodo de mirar a fotoalérgico.

Sin embargo, parafraseando la canción Imagine, del gran John Lennon, pueden decir que salgo mal en las fotos, pero no soy el único. ¿Quién de nosotros no ha sido víctima de las malas pasadas que suelen jugarnos las muecas?

Y luego, como si no fuera suficiente el bochorno de contemplarse uno mismo, hay «amigos» que las colocan en sitios públicos y nuestras «caras» quedan a merced de «sabe dios quién y con qué intenciones».

Varios de mis conocidos se acicalan como si fueran a desfilar para Channel, y ni hablar de las muchachas. Conozco algunas que andan con un tocador entero dentro de una minúscula cartera, y que ante el más leve asomo de un lente corren al baño más cercano —si hay— para retocarse el maquillaje.

Esta dicotomía pudiera parecer contradictoria, y hasta cierto punto lo es. Creo que las fotos surgen en los momentos menos inesperados, ante la urgencia de inmortalizar un instante único e importante en nuestras vidas, y lo mejor es que la autenticidad y la naturalidad se impongan, ante el enmascaramiento y la plasticidad (tan común en nuestros días).

¡Qué grato resulta contemplar con nostalgia al pasar de los años esos segundos mágicos que narran una historia en píxeles! ¡Qué felicidad cuando nuestros amigos y familiares nos reconocen en la imagen aunque mucho haya llovido después de tomarla, y no cuando, por el exceso de artilugios y disfraces, no nos reconocemos ni nosotros mismos!

De cualquier modo, no se aflija si pertenece usted al selecto grupo de los fotoalérgicos. Recuerde que, en ese caso, tenemos algo en común que nos acompañará siempre y nadie nos podrá quitar ni con Photoshop: la naturalidad. Y las muecas, por supuesto.

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