Tampoco ahora ha llegado el fin de la historia

Autor:

Marina Menéndez Quintero

CUANDO el Muro de Berlín fue derribado por enajenados incautos y Francis Fukuyama «decretó» el fin de la historia, la supervivencia de Cuba fue llama que animó a otros y demostró que no estábamos en el epílogo…

Quienes vieron largo y se negaron a subir al carro con enchape dorado de la globalización neoliberal, hallaron fresco aliento en nuestra estoica resistencia no exenta de esfuerzos y cargada de austeridad.

De no ser por esa llama encendida en el centro mismo de este hemisferio, no habrían hallado luz hacia dónde mirar los movimientos sociales y populares que se rebelaban contra el escarnio y que fueron nucleándose después, batalla tras batalla, para desbrozar el camino de un mundo distinto para los suyos.

Nacieron de ese modo los nuevos movimientos políticos que hicieron renacer la confianza de las masas, arrastradas al hoyo profundo cavado por el modelo neoliberal; perdida ya su fe en la partidocracia tradicional que hasta entonces detentó, sin dar espacios a la alternancia, todo el poder.

Surgieron también de esas masas los nuevos líderes, los presidenciables de nuevo cuño para quienes la política no era una forma de enriquecimiento, sino vía para hacer la justicia social, y propiciar el desarrollo económico que solo puede lograrse bajo la real soberanía. De otra forma, las riquezas se seguirían yendo del país, sujetos en fajos gruesos, dentro de las brillosas carpetas de piel de los representantes del capital transnacional.

Pero, como comentaba hace días un admirado colega, las fuerzas de la oligarquía tienen raíces profundas en América Latina, y son muy antiguas.

Preocupados y heridos, el poderío oligárquico y la derecha política continental se calzaron entonces los guantes de seda para instrumentar otras vueltas de tuerca y echarlo todo atrás: apretones menos sangrientos que los implementados hace varias décadas a punta de bayoneta, pero igualmente violentos.

Así se ha fabricado un juicio falso contra Dilma y se intenta deslegitimar a Lula en Brasil, así se demoniza a Cristina en Argentina, así se dio cuerpo a la artera guerra económica que vacía las estanterías en Venezuela para frustrar el rumbo bolivariano y demover a Maduro…

Sí, algunas de esas torceduras han tenido éxito; pero no hay por qué pensar que los tirones haciendo gemir otra vez a los de abajo dejarán inermes a los adormecidos, y no los devolverán a la lucha.

Al final, son los mismos golpes del capital que en los años de 1980 provocaron la llamada década pérdida, y exprimieron tanto a los ciudadanos que terminaron enardeciendo en algunos países, incluso, a quienes hasta entonces habían pertenecido a la clase media: los otrora acomodados que fueron a parar debajo de los niveles de pobreza.

Gira, gira la vida como una noria y nos quiere devolver al punto de partida. Pero los latinoamericanos tienen una experiencia aprehendida que la propaganda derechista, la manipulación y la tergiversación no pueden hacer que sea lanzada al tarro de basura. ¿De qué nos valdría entonces la memoria?

No, Francis Fukuyama: tampoco en este punto, y ahora, se termina la historia.

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