Lactar, temer, vivir...

Autor:

Liudmila Peña Herrera

El hombre se sitúa justo donde la mirada resulta más indiscreta. Parece como si el lugar fuese perfecto con tal de alentar los placeres masculinos que hacen saltar las portañuelas. Ella fija en él una mirada de fuego, mientras piensa en el niño, en su llanto hambriento y en que ojalá se pudra el individuo que no deja de mirarle la parte del seno que queda al descubierto mientras ella, en un banco del hospital y a la espera de unos análisis de sangre, amamanta al bebé.

Cuando se lo cuenta a su mamá, con rabia incontenible por el afán de aquel voyeurista de nuevo tipo, esta le espeta que «hoy las mujeres se sacan los senos así, como si nada, y se los enseñan al mundo como se muestra una virtud». Ella tiene que reconocer que es verdad, y que aunque existan sostenes novedosos, los cuales permiten «tapar más» o «enseñar menos», estos cuestan demasiado caros en el mercado informal y aún nuestra industria textil no produce ajustadores «del Primer Mundo».

Ahora decide olvidar al hombre —aunque no lo consiga del todo— y piensa qué habrá sido de aquella muchacha protestona e inmadura que rechazaba a su bebita, con apenas horas de nacida, porque la muy glotona le hacía sangrar los pechos. Lo más probable es que la niña haya crecido entre fórmulas a base de leche en polvo, porque en la sala llovían los consejos para hacerla entender, pero la adolescente madre dejaba gritar a la pequeña y exigía a las enfermeras que le buscaran un pomo con leche para su hija, o la dejaría morir de hambre. Con seguridad, en cuanto llegó a su casa echó tierra sobre la lactancia materna. Ya lo decía ella: «Tampoco iba a permitir que se le cayeran los senos con tanta chupadera».

Dichosa ella —digo yo— con tener los pechos agrietados y a la pequeña con vitalidad. Nunca entendió a aquellas que le hablaron de las ganas de tener a sus bebés en brazos, arrullarlos y amamantarlos; pero no podían, porque tomaban el oxígeno en las incubadoras o a través de un «tubo de vida».

Otras madres cuentan historias diferentes: que si el estrés porque «la leche no baja»; que si tal cocimiento ya no se toma porque hace daño al bebé; que si anís; que si no importa qué bebas, lo imprescindible es el líquido, el descanso y la tranquilidad...». Algunas narran anécdotas gloriosas de cuando fueron «madres de leche», como se decía antes —aunque hoy esa práctica esté proscrita por el riesgo de contagio de la hepatitis B—, y por eso hay niños que quizá nunca sabrán que una noche durmieron satisfechos gracias a la leche y los brazos de una mamá desconocida.

No es lo mismo que el banco de leche, a donde fueron para librarse de los molestos nudos por la cantidad de fluido, o por solidaridad con los pequeños que la necesitaban.

Ella sabe —la pediatra lo dijo y enseguida surtió efecto— que el mejor medicamento para una diarrea del bebé es, exclusivamente, la leche de su madre. Que no hay sedante más eficaz para calmar el llanto después de una vacuna, que el pecho de quien te ha traído al mundo. Que da seguridad y demuestra cariño. Que antes, las mujeres en Cuba tenían que trabajar a los tres meses de paridas y no tenían tiempo para disfrutar de este privilegio.

Mientras ella amamanta al pequeño, es usual que el cansancio la venza y dé unos cuantos pestañazos. Pero esta vez está despierta, pensando: ¿qué sentirán los bebés cuando agarran el seno de la madre o le toman la mano como en una caricia, mientras se alimentan? Evidentemente después no se acuerdan. Pero para que el suyo no olvide, ya escogió dos o tres fotos de esos momentos memorables, para mandarlas a imprimir y enseñarlas, cuando él sea grande, como uno de los trofeos de amor que le regalara su pequeño desde el instante mismo en que lo tuvo en brazos.

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