Letras bañadas por el Ñancahuazú

Autor:

Yunet López Ricardo

Grandes como planetas se me pusieron los ojos aquella mañana de julio de 1997. Tenía solo seis años, pero no olvido que, junto a otros pioneros ubicados a lo largo de la Carretera Central y buscando tal vez su sonrisa bajo la boina, vi pasar en una cajita negra, con una bandera cubana encima, los restos del Che.

Bolivia nos devolvía a quien, desde hacía 30 años, había muerto en su suelo defendiendo las causas justas.

Sobre los días del Che en ese país andino mi abuela me hablaba, pues, con su letra luminosa de médico, Ernesto Guevara plasmó en un Diario cómo fueron los 11 meses que comandó la guerrilla en el sudeste boliviano, desde el 7 de noviembre de 1966 hasta el día antes del combate en la Quebrada del Yuro.

Ante las orillas del río Ñancahuazú, muchas veces el guerrillero olvidó el cansancio de la marcha o el asma que lo acechaba para sacar de su mochila una libreta de cubierta roja y escribir.

«Hoy comienza una nueva etapa. Por la noche llegamos a la finca. El viaje fue bastante bueno. Luego de entrar, convenientemente disfrazados, por Cochabamba, Pachungo y yo hicimos los contactos y viajamos en jeep, en dos días y dos vehículos». Así comienzan aquellas páginas, hoy amarillentas después de medio siglo.

Quizá alguna vez, ante las aguas bravas del río Grande, el Che recordó cuando en México le estrechó la mano a Fidel, su llegada a las costas orientales de Cuba en 1956, las noches y los combates de la Sierra Maestra, el amanecer victorioso del Primero de enero de 1959 o los primeros años de Revolución.

Pero lo cierto es que, con toda esa historia verde olivo sobre los hombros, otras tierras del mundo reclamaron el concurso de sus modestos esfuerzos, como le escribió a Fidel, y luego de renunciar a todos los cargos que ocupaba en el joven Gobierno, en 1966 el Che estaba con las botas mojadas por las aguas del Ñancahuazú y liderando una lucha continental que tomaba como punto de partida a Bolivia.

Sacrificios, batallas y aspiraciones pueden leerse en su Diario, donde nunca la dureza de la vida en la selva inhóspita y espinosa, la escasez de agua y alimentos o la desconfianza de los lugareños, pudo quitarle su firmeza de roble, ni mellar su voluntad de hierro.

«Mi pelo está creciendo...; me nace la barba. Dentro de un par de meses volveré a ser yo», escribía el 12 de noviembre; y un mes después contaba cómo le «leyó la cartilla» sobre la realidad de la guerra a todo el grupo y les afirmaba que sus vidas «no significaban nada frente al hecho de la revolución».

Luego de tantos apuntes, aquel diario de portada roja que durmió entre sus brazos y anduvo en su mochila las caminatas interminables por las serranías bolivianas, sintió correr su mano por última vez el 7 de octubre de 1967:

«Se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones… estamos aproximadamente a una legua de Higueras y otra de Jagüey…».

Bajo una luna pequeña, fatigados por la caminata nocturna y dejando su rastro, cuenta el Che que salieron los 17 guerrilleros.

«El Ejército dio una rara información sobre la presencia de 250 hombres en Serrano para impedir el paso de los cercados en número de 37 dando la zona de nuestro refugio entre el río Acero y el Oro. La noticia parece diversionista». Fueron las últimas palabras que registró en aquellas hojas.

Al día siguiente, domingo 8 de octubre, cuando los relojes pasaban las 12 del mediodía, los disparos enemigos comenzaron en una estrecha quebrada donde el Che pensaba esperar la noche para romper el cerco.

Hasta el anochecer respondieron los guerrilleros a las balas; ninguno de los que combatieron cercanos a él sobrevivió. Herido, el Comandante que liberó a Santa Clara fue capturado. Lo llevaron hasta La Higuera, el pueblito más próximo, y en la escuelita local, 24 horas más tarde, hombres cobardes asesinaron al Che.

En 1968 por vez primera vieron la luz de la imprenta aquellas páginas que durmieran sobre sus manos, viajaran en su mochila y lo acompañaran en sus pocos momentos de descanso. Desde entonces están hablando al mundo sobre la guerrilla del Ñancahuazú comandada por un hombre que más allá de argentino o cubano, fue hijo de las causas justas.

Treinta años después de su muerte, cuando faltaban pocos meses para que, ya con pañoleta azul yo jurara ser como él, Bolivia nos lo devolvió y, buscando su sonrisa tras la boina, vi sus restos en una cajita negra con una bandera cubana encima. Otra vez la voz de abuela me contó sobre aquella libreta de cubierta roja que, con su letra luminosa y de médico, nos escribió hace ya 50 años el Che.

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