Heriberto y el toro

Autor:

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Algún día alguien escribirá la vetusta y linda historia del estadio Ramón González Coro, de las Minas de Matahambre. Por allí pasaron luminarias de varias épocas. Quien conozca el pueblo, sabe que no hay otro lugar, ni siquiera en los alrededores, donde hubiera podido construirse. La naturaleza fue sabia con ese espacio.

No he visto otro que tenga en los jardines una loma. Los right fielders necesitan ser miuras para subir en busca de la pelota, al estilo del recordado Rolando Pérez, «Patate». La decisión hay que tomarla en fracciones de segundo. No pocos tratan de subirla y la ven bajar por el lado; a otros les ocurre lo contrario, y el bateador alcanza más bases. Es la magia inigualable e incomparable del estadio de las Minas.

En sus inicios los jardines se ubicaron donde hoy está el home. Mi padre contaba que decidieron cambiarlo por la ubicación de la loma. La antesala estaba prácticamente allí. Quizá otros factores incidieron; la posición del Sol debió ser primordial.

Lo conocí con las gradas de madera, techo de zinc, cercado con tablas y una garita para comprar boletos a la entrada de la puerta principal; mejoró considerablemente en la década de los 60.

Años atrás, en el estadio de las Minas, mi pueblo, se narraron los juegos. Algunos transeúntes paraban la marcha para oír las incidencias. El fundador fue alguien a quien hoy llamaríamos innovador o racionalizador. De ascendencia japonesa, Sotero Uratsuka, maestro de anotadores, se hizo de un micrófono para «salir al aire», en vivo y a todo color, sin la magia de la televisión, por supuesto. Más directo, imposible. Equipos contrarios protestaron, decían que se parcializaba, descubría las señas y otras cosas.

Cuando prosperó, cansado de recibir improperios, cedió los micrófonos. Allí estuvo «Cuco» Gandoy, ya fallecido, el mismo que iba por toda Cuba con el equipo vueltabajero en la comisión de embullo, de los que con más fuerza tiró el cordel de ese artefacto al que llaman corneta pinareña, convertida en símbolo gracias al inefable «Filingo». Cuco se apasionaba tanto, que algunas veces el sempiterno tabaco corrió peligro de pasar al estómago.

Por esos días tomó los micrófonos uno de los hombres más simpáticos que he conocido: Gregorio, «el Curro», Rodríguez, con un modo sui géneris de describir los desafíos:

—Ahí se impulsa «Tite» Cruz, las Minas ganando tres por dos, el hombre adelanta en segunda. ¡Bolaaaaa!, qué bárbaro, para mí fue strike. Conteo de dos y dos, el hombre sigue adelantando, se está al ir al robo de tercera.

El pitcher sacó el pie, se viró a segunda y sorprendieron entre bases al corredor. Aquella tarde —al menos— no narró más.

Un buen día alguien tuvo la ocurrencia de aparecerse con un torero. Y buscaron un miura encabritado. ¡Una sensación! El pueblo se volcó al estadio; había más gente por fuera, pero para eso estaba la voz del Curro detrás del micrófono. Después del ceremonial con el pasodoble El Currito de la Cruz, se inició la «cruenta» batalla entre toro y torero, quien había prometido la oreja a una dama:

—Heriberto al toro, el toro a Heriberto. Heriberto al toro, el toro a Heriberto. Heriberto al toro, el toro a Heriberto. Salta Heriberto la cerca y el toro atrás de Heriberto…

Fue todo, unos rieron, otros exigieron la devolución del dinero, muchos no reaccionaron hasta pasado un rato. En definitiva, ante el ultraje del torero en desbandada, el Curro puso la nota de distinción en el pintoresco estadio de las Minas de Matahambre.

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