La muerte pública de una gallina

Autor:

Osviel Castro Medel

Un rugido atravesó las gradas. Después de una jugada cualquiera alguien inyectó a un grupo de aficionados por la banda de primera con una acción insólita.

Era un hombre ramplón que, increíblemente, había llevado una gallina al estadio y en un momento de frenesí —mientras se avivaba la ola humana— la lanzó a su diestra.

¡Ehhh!, coreó la multitud. ¡Ehhhhhh!, volvió a corear, anunciando que el inofensivo animal había sido arrojado de nuevo a la masa, delirante ya por el juego; es decir, el juego tira-gallina iniciado en las graderías.

El ave respiraba a reventar espantada por las luces, los gritos y, sobre todo, por los lanzamientos, no los del box sino los que sufría en su frágil anatomía.

Numerosos ¡Ehhhh! retumbaron en la noche, que se vieron interrumpidos cuando la gallina, convertida ya en proyectil casi inerte, llegó a un punto entre el right y el center field.

Había surgido el obstáculo de la pizarra, mas aquella función no podía detenerse en el Mártires de Barbados. A algún inteligente se le ocurrió lanzar la polluela detrás de ese muro que informa los resultados del partido; y otro más ingenioso ideó correr a todo galope para recogerla y seguir proyectándola contra una mano, una cabeza o un peldaño del left field.

El recogedor vio que, de tanto tira tira, había sido degollada; mas esa fractura mortal en el pescuezo no hizo más que avivar la distracción. Los coros monosílabos volvieron a resonar mientras la gallina no solo perdía el cogote, sino también alguna parte de sus intestinos salidos ya del buche.

¿Será un nuevo circo romano traído a plena serie nacional?, me pregunté mientras veía aquella muerte pública, convertida en victoria para cientos de aficionados de distintos niveles sociales. ¿Será que no basta con los coros soeces que a veces truenan hasta por la televisión?, volví a interrogarme.

Entonces miré con pena a los niños que habían acudido al parque beisbolero, algunos de cuyos padres seguramente resultaron protagonistas de la «lanzadera». Y recordé —por esas extrañas asociaciones que vienen a la mente— el cuento de Horacio Quiroga, en el cual María descabeza una gallina delante de unos muchachos con retardo y luego ellos, por imitación, terminan cometiendo un crimen contra su hermana.

Pensé en la euforia, la euforia que es sana cuando conlleva divertimiento sin maltratos u ofensas; y que es triste o repudiable cuando implica excesos y descomposturas; o el malestar de los aficionados verdaderos.

Lo peor es que en la noche siguiente un pollo fue ultimado de una manera parecida, de mano en mano, de grito en grito. Y que, dos días después, murió también otra gallina arrojada decenas de veces por la muchedumbre.

Esa última vez, entre las diversiones, hubo zapatos tirados entre algunos espectadores, como si fueran pelotas que se pasan alegres por el infield después de concretar un out.

«Una gallina está hecha para morir», me dijo alguien intentando justificar el homicidio animal o tal vez queriendo atajar estas líneas; pero mientras escribía pensaba en las heridas tremendas de nuestro pasatiempo nacional y, sobre todo, de nuestra cultura, esa que no deberíamos dejar fallecer ni lanzar como una simple curva.

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