Fidel, quiero decirte algo...

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Tantas veces intentaron matarte, Fidel, y de tantos fracasos, fantaseaban tu muerte cada cierto tiempo. Y tú te has reído sobreviviendo a los malos augurios y reveses, a las conjuras y las trampas. Estás incrustado en la victoria. Como el gran guerrero que comanda un pueblo, recogiste la estrella martiana para iluminarnos en los abruptos caminos de la Revolución, minados de zarzas y recovecos. Y nos enseñaste a derribar todos los yugos a puro coraje.

Fidel, siempre has estado y estarás en el colimador de la Historia: unos porque te aman y otros porque te odian, ninguno indiferente. Pero nadie recordará a tus enemigos y tú seguirás ahí, a pecho descubierto, en la primera línea de combate, estremeciendo a Cuba, elevándola a los primeros planos del mapamundi político, dignificando a los pueblos desarrapados, a los seres humildes y sencillos de este mundo frente a los tronos y apetencias de los poderosos.

La profecía de aquel sacerdote del Colegio de Belén se sobrepasó. Pocos hombres en los anales de la Humanidad han transformado tanto la realidad y han sobrevivido sus hazañas. Pocos líderes han cerrado y abierto tantos ciclos. Aquel vaticinio antes de la travesía del Granma: si salgo, llego; si llego, entro; si entro, triunfo, lo has cumplido en esa vida insurgente. Nunca abandonaste la guerrilla. Nunca bajaste la cabeza. Resucitaste los co... rajes del cubano.

El país y millones de personas en el mundo se han estremecido con la noticia, porque nos acostumbraste demasiado a ti, a tu sabiduría política e intuición, a esa relación dialéctica entre firmeza, arresto y ternura. A esa mirada tan honda hacia el futuro.

A los que crecimos y contemporizamos contigo, sin idealizarte ni canonizarte, los que más de una vez dijimos: ¡coño…Fidel…!, pero fuimos adonde había que ir, nos es imposible hablar de ti con frialdad, porque te debemos mucho: sobre todo la dignidad y la gallardía.

Discúlpame, Fidel, si esta vez te tuteo, porque te siento tan cercano que no me resigno a dejarte ir. Aunque como periodista no me desbordé nunca en alabanzas hacia ti, siempre te he acompañado; desde que, en la febril imaginación de mi infancia, y, con los susurros de mis padres oyendo bajito Radio Rebelde, te imaginaba en la Sierra Maestra como uno de los Tres Mosqueteros.

Siempre quise hacerte una entrevista muy personal, sin aproximaciones políticas. Una entrevista del ser humano que palpita bajo la piel del hombre público. Nunca se pudo plasmar, pero las preguntas que todavía me aguijonean, de seguro me las iré respondiendo poco a poco.

Cuba te llora, Fidel. Pero como escribí el día en que enfermaste y entregaste el batón de los cargos —no del liderazgo—, tú tienes el poder de la ubicuidad. No te resistes a partir ni a perder batalla alguna. Aquí seguiré dialogando contigo, Comandante en Jefe, hombre y amigo.

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