Su sueño en todos los rincones

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Si algo no nos ha faltado a los cubanos en estos momentos de contenido dolor, son las muestras de cariño a Fidel, ostensibles en muchas partes del mundo.

Flores, velas, pequeños carteles ante las embajadas de Cuba. Llanto. Mensajes, consignas y cantos entonados al redoble de tambores, como lo homenajeaban ayer cientos de jóvenes en Buenos Aires… Todos, pequeños o grandes gestos que desde tantos lugares ratifican amor al gran ser humano, admiración al brillante y aguzado estadista, quien ha puesto tantas batallas sobre el tapete cuadriculado que es el orbe.

La lucha contra el neocolonialismo y la necesidad de un nuevo orden económico mundial están entre las causas que encabezó con ardor y llevó ante la ONU; lideró la batalla, en que nos fue involucrando a tantos, contra el pago de la deuda externa, no solo mediante sus discursos: también en aquellos encuentros explicativos, didácticos y movilizativos a que convocó a cubanos y extranjeros, allá por los años 80, para enrolarnos en la pelea mediante la comprensión y la persuasión, que fueron siempre sus mejores armas educativas.

Desde su clarinada en la Cumbre de la Tierra de Brasil, los peligros que corría el planeta por la contaminación, la degradación ambiental y climática fueron otra inquietud que él evidenció reiteradamente.

Pero la preocupación por la justicia social descolló en el líder cubano desde que dio a conocer a la comunidad nacional y extranjera, en La historia me absolverá, los derroteros de su vida. Su desvelo por el hombre, al que dedicaría los mejores esfuerzos. Su sentido martiano de que Patria es Humanidad.

Ello explica el acendrado sentimiento internacionalista que nos inculcó y que ha animado la presencia de decenas de miles de médicos, entre otros colaboradores cubanos, en lejanas o cercanas tierras.

Y deja comprender también el porqué de la idea que afloró cuando, tras el paso por Centroamérica de los huracanes Mitch y George, en 1998, pensó en algo aun mejor que enviar ayuda de salud. ¡Dotar a las naciones pobres de sus propios médicos!

Poco menos de un año después, él mismo lo explicaría al  inaugurar la entonces llamada Escuela Latinoamericana de Ciencias Médicas —la conocida ELAM— como un «modesto esfuerzo» y una manera de nuestro pueblo «rendir honor», dijo, a la 9na. Cumbre Iberoamericana que en ese momento se celebraba en La Habana.

Aún puedo recordar aquel acto en una de las áreas abiertas de la escuela, acariciados por la brisa del cercano mar, y al que fueron invitados todos los dignatarios de la cita. Fidel estaba orgulloso. Expectantes, o quién sabe si incrédulos, algunos de los gobernantes que desgobernaban a ciertos países de la región en esa época.

Diez años más tarde, el líder cubano cumpliría su promesa de ir a la primera ceremonia de graduación. Fue en el teatro Karl Marx y estaba acompañado del más fiel seguidor de sus ideas en Latinoamérica, el querido Hugo Chávez, y de un puñado de primeros ministros y presidentes del Caribe, naciones que también habían recibido el respaldo de nuestros colaboradores.

Recibían sus diplomas 1 610 médicos, a quienes Fidel evocaría los primeros 400 jóvenes profesionales de la Medicina formados por la Revolución.

Desagregó por ramas de la salud y países a todos los profesionales del sector, nacionales y extranjeros, egresados en Cuba desde entonces, y preguntó: «¿Dónde está el secreto?». Y contestó él mismo: «En el hecho real de que el capital humano puede más que el capital financiero. Capital humano implica no solo conocimientos, sino también —y muy esencialmente— conciencia, ética, solidaridad, sentimientos verdaderamente humanos, espíritu de sacrificio, heroísmo, y la capacidad de hacer mucho con muy poco».

De la calidad de ese capital humano hemos tenido noticias en estos días, cuando tantos en la Isla y en el mundo evocan las hazañas del Jefe de la Revolución Cubana, sus ideas geniales, sencillez, humanismo.

Son 25 muchachos y muchachas chilenos, médicos formados en la escuela, quienes le dicen en mensaje al Comandante en Jefe: «De tu pecho brotó el calor de una generación de jóvenes trabajadores por la salud, que en el capitalismo no encontramos ese derecho; estamos en todos los rincones, estaremos donde haya injusticia».

¿Habría mejor compromiso con Fidel?

Dijo bien el Comandante cuando confesó que la escuela había sido un sueño, aunque en relación con Cuba nadie podría decir como Calderón de la Barca: «La vida es sueño y los sueños, sueños son», aclaró.

Y, ¡cierto!, los jóvenes egresados de la ELAM se llevaron las lecciones bien aprehendidas. El de la Escuela Latinoamericana de Medicina, Comandante, es un sueño suyo más que cristaliza.

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