El héroe de todo el tiempo

Autor:

Yosvany Alberto Montano Garrido

Fidel se nos fue sin despedirse, en su singular sabiduría fue capaz de reconocer que no necesitaba decir adiós, que comprenderíamos su partida. A la ciudad le fue robada la alegría: rostros largos, miradas trémulas y abrazos reconfortantes sustituyen por estos días la jocosidad tradicional del cubano. En las calles, las voces de cientos de jóvenes se funden en consignas y se escuchan las canciones de siempre, con las que crecimos en las marchas de Fidel, las que se hicieron himnos en los combates que nos forjaron como revolucionarios.

Ahora que su dedo no volverá a señalar el argumento, la verdad, el camino, tenemos su pensamiento. Fidel es un proyecto; es el ciudadano común, el joven de la universidad, el artista de vanguardia o el cuentapropista del barrio. Fidel es el Partido y cada institución que representa y defiende al pueblo de los humildes y al que él liberó definitivamente. Ahora nos toca no mistificarlo, no condenarlo al destierro de los mármoles y los bronces, del cual casi nunca se regresa.

Fidel tendrá siempre todo el tiempo para conspirar y derrotar imposibles, para seducir a las masas, para estar en la primera trinchera y morir nuevamente, si es necesario, en el combate por su gente. «Emanciparnos por nosotros mismos y por nuestros propios esfuerzos», «luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo», siguen siendo algunas de las tareas para cada cubano de estos tiempos y los que vendrán.

Fidel se fue, pero no para quedarse; cada mañana volverá a estar en la bandera que se iza en las escuelas, en el enfermo que sana y en el joven que agarra su mochila, su guitarra y sale nuevamente a conquistar utopías desde el amor. Cuando la vida es sencilla y gigante la obra, entonces no se parte, la despedida es pretexto para estar siempre.

Ahora que no faltan elegías, que el dolor conmueve y se multiplica en cada rincón del mundo, queda la esperanza, la quimera y la palabra empeñada de lograr que la Revolución sea irreversible.

Mientras rendimos homenaje a sus cenizas, los más jóvenes recordamos a Mariana, la escuchamos repetir aquellas palabras que son campanas para el despertar de los pinos nuevos del pueblo, cuando a raíz de haber recibido Antonio su primera herida de guerra, le dijo a su hijo más pequeño, Marcos: «Empínate, que ya es hora de que pelees por tu patria como tus hermanos».

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