Quiero ver a Fidel

Autor:

Yunet López Ricardo

«Mamá, ¿ya vamos a ver a Fidel?». Y la sacudida impaciente a su blusa le hizo responder aprisa: «Sí, ya casi, no te desesperes». Entonces la silueta diminuta de moños castaños sujetó la mano de quien solloza bajito y ocupó su pedazo de acera entre el mar de pueblo que también quiere encontrarse con el Comandante.

Desde hace unos soles, instantes así se repiten en cada esquina. Las ciudades se han desvelado, Cuba busca un rostro en cada hombre, yo ando con un rosario de letras en el alma y la sensación de vacío solo la alivia un poco su voz dondequiera. Por eso fui hasta allá, al borde de la Carretera Central, donde dicen por estos días que se está más cerca de Fidel.

Como en un hormiguero interminable hay cordones de niños, abuelos ayudados por bastones, muchachos con el nombre del líder pintado en la piel, amas de casa, abogados, religiosos... Nadie quiere que el Gigante siga a oriente sin su tributo.

«Te extrañamos mucho gran amigo, mucho. El pueblo te quiere y más te quiero yo, padre barbudo», se lee en una de las cartas que sin necesitar buzones le han llegado al Jefe desde todos los rincones de la Isla.

En caravana al revés, envuelto en cedro y guardado en un cristal nuestro tesoro verde olivo avanza. Cintas, rosas, silencio, saludo, llanto, negación, y la tristeza de Cuba, como las gaviotas sin playa, se posa en todos.

El pañuelo de ese hombre debe estar más salado que el mar; pienso al verlo. «Fidel nos hizo personas. Mis hijas ya son médicas, ¿qué más puedo pedir?», me dice frente a la grabadora, y otra vez no puede aguantar sus lágrimas de obrero, de cubano agradecido.

«Nosotros le debemos mucho a Fidel», me dijo esta mañana mi madre; y es que el jefe barbudo que en 1959 le devolvió a esta tierra su dignidad, le cambió la vida también a ella, la niña que a inicios de los 60 vivía en uno de los tantos bohíos de un batey olvidado en Holguín.

La mayor prueba de respeto, amor y gratitud la ha dado este pueblo en los últimos días. El dolor es íntimo o visible, pero está ahí, se toca en los ojos húmedos, se retrata en los pechos estrujados, se palpa en las manos de aquella señora que se daba golpecitos una y otra vez en la frente, como forzando a que entrara en su cabeza la idea de que el cuerpo de Fidel murió.

Un policía pide que todos se mantengan organizados, que ya falta poco para que pase el Jefe. Hay un niño que lo mira impaciente; «Necesito estar bien cerca oficial; tengo que darle un dibujo», explica. Aún con trazos imprecisos, el papel descubre al Comandante frente a unos micrófonos, «porque él siempre hablaba en la televisión», me argumenta quien pronto aprenderá en la escuela a escribir la letra F con el nombre de Fidel.

Por esa imagen de pequeños ante las pizarras luchó también Pedro Gutiérrez Santos, uno de los muchachos que en julio de 1953 disparó a los muros del cuartel santiaguero y ahora, ya encanecido a sus 83 años, deja que su hijo lo lleve, aun en sillón de ruedas, hasta la última batalla a que lo convoca su Comandante. «Si en el Moncada y otros momentos difíciles lo acompañé, ahora no podía faltar. Él es un padre para todos», me afirma.

¡Ahí viene Fidel!, se escucha, y los primeros vehículos de la caravana empiezan a pasar. Y lo vemos todos, y aunque los ojos digan que sí y el corazón que no, ahí va, envuelto en cedro y guardado en cristal. Pasa despacio. Las caras de los celulares se iluminan, las caras de las personas también, Fidel es luz; y dudamos todos de que esté ahí, la cajita es demasiado pequeña para un gigante como él.

¡Ordene! ¡Pa´ lo que sea Fidel! ¡Te queremos mucho Comandante! ¡Hasta siempre!, y cuando las ruedas se alejan, otra vez el silencio. El Fidel que pasó no es el vencido por los relojes, es el guerrillero del tiempo del que hablan los libros de Katiuska, el varón de los versos de Carilda, el líder de palabra viva que recorrió Cuba aquel enero hace 57 años y hoy viaja y logra lo mismo: que todo el pueblo crea en él.

Como las estrellas fugaces pasó la caravana. «Quiero verlo de nuevo», se escucha entonces ordenar a una voz infantil. Es la misma pequeña de moños castaños que hace unos minutos estaba impaciente por verlo entrar.

Otra vez la sacudida impaciente a su blusa le hizo responder a mami: «Ya no se puede aquí, pero mañana lo verás en la escuela, de verdad. Le voy a decir que te espere a la entrada». Y entonces los pies diminutos no buscaron más freno en el suelo y anduvieron livianos, porque Fidel mañana estará en las calles, las industrias, en todas las casas de esta Isla y a las puertas de cada aula.

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